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Nada con Arafat

Nada va a haber en Beirut que no sea simulacro. El proyecto de paz saudí para el Cercano Oriente no podría ser, en el mejor de los casos, sino un retorno a los criterios que fijara, en el verano del año 2000, el plan Barak; ése que Arafat rechazó, sin dar argumento alguno. Aquel plan era el óptimo. Por la sencilla razón de ser el único viable.

Israel cedía, por boca de su primer ministro entonces, la totalidad de Cisjordania y Gaza, así como los barrios árabes de Jerusalén, a la Autoridad Nacional Palestina para que formase su propio Estado; ese mismo Estado palestino cuya existencia los países árabes circundantes habían vetado durante casi medio siglo. La extinción de los asentamientos de colonos israelíes en el interior del territorio palestino era contemplada como un proceso gradual que la fuerza de los hechos hacía inexorable. Lo del retorno a Israel, como ciudadanos de pleno derecho, de los “descendientes” de aquellos árabes que abandonaron (abandonaron, digo; nunca hubo expulsión alguna) Israel en 1948, jamás ha sido más que una reivindicación retórica perfectamente hueca: de aplicarse, Israel debería aceptar la avalancha de una población fanáticamente antiisraelí y más numerosa que la población israelí misma. Como modo de suicidio, los hay menos grotescos.

Si el plan saudí (no entremos en el chiste malo de cómo un régimen lapidador de adúlteras o incinerador de jovencitas sin velo pueda ser garante de acuerdo internacional alguno), si el plan saudí, digo, busca una salida real la guerra en Palestina, recuperará –más o menos literalmente— los parámetros del plan Barak. Es, sin duda, lo sensato. Salvo por tres obstáculos: el tiempo, los muertos, Arafat.

Dos años casi de pudrimiento y miles de cadáveres. Es la cosecha de Arafat. El caudillo palestino apostó por asentar su entonces resquebrajado poder omnímodo sobre una épica loca: rechazar de Israel cuanto no fuera la aniquilación, de hecho, del Estado judío. Son sus hombres, en particular las Brigadas de los Mártires de Al Aksa, uno de los brazos armados del histórico Al Fatah, quienes han corrido con la ejecución y reivindicación de la mayor parte de los atentados suicidas contra población civil (sin entrar en el apoyo logístico que la policía personal de Arafat presta a los integristas de Hamas) a lo largo de estos dieciocho meses. Hombres suyos son los que, armas iraníes en la mano, han muerto para realizar el delirio de un tipo tan mentalmente senil cuanto moralmente odioso. ¿Cómo decirles ahora que todo fue para nada? Pero que para nada: para algo que ya había sido concedido antes de que el primer disparo sonase.

Un retorno de Arafat a los términos de la propuesta Barak sería visto por los suyos como un escupitajo del rais sobre los cadáveres de quienes fueron enviados a la muerte sin más lógica que la del capricho de una mente enferma.

No. Nadie se engañe. No hay horizonte de paz en el Cercano Oriente mientras el viejo terrorista siga vivo.

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