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El modelo francés

No es nuevo que Francia sea el laboratorio donde humean las calderas del futuro político continental. Es así desde final del siglo XVIII. Cuando la burguesía francesa ponía ya en escena lo que el resto de Europa viviría a lo largo de todo el siglo XIX.

Para mal, fue lo mismo. En la Francia de final del XIX se forjaron algunas de las raíces ideológicas de lo que, luego de la Gran Guerra (por aquel entonces no nos habíamos resignado aún a numerarlas), serían las derivas antisemitas que acabarían cristalizando en los fascismos.

De poco sirve ahora la ingenua complacencia (el autoengaño) que parece empeñarse en ver tan sólo un asunto de cocina interna en el renacer del fascismo en la república francesa. Soñar que es una antigualla, propia de una nación vieja es querer ver la realidad con lentes inversores. Si el problema ha estallado allí antes que en otros países, es porque allí se gestaron, con casi cuatro décadas de antelación, sus gérmenes.

A lo largo de los años setenta y sobre todo ochenta, las bien reguladas reglas del juego político se empezaron a erosionar en Francia. De Gaulle había puesto en marcha una máquina de precisión constitucional envidiable. Reposaba sobre la homogeneidad de la nación, tras el doble trauma de la segunda guerra mundial y la guerra de Argelia. El modelo marcaba equilibrios de poder claros: el poder central quedaba en manos del gaullismo, las administraciones regionales lo contrapesaban con una fuerte hegemonía del Partido Comunista. Era un modelo bipartidista imperfecto, que el sistema electoral de doble vuelta, la dualidad entre elecciones presidenciales y legislativas y las atribuciones amplísimas del Presidente de la República garantizaban como casi inalterable.

Funcionó bien. Hasta que tres factores acumulativos lo pusieron en crisis: desmoronamiento continuo del PCF tras el 68, estallidos de enorme violencia urbana ligada a la inadaptación migratoria, corrupción generalizada en la financiación de los partidos.

De la conjunción entre los dos primeros emergió, como una potencia inesperada (e indeseable), el nuevo partido fascista de Jean-Marie Le Pen. De eso y de la impensable torpeza de un François Mitterrand que vio en su ascenso un modo de erosionar voto a la derecha gaullista. Al final, fue el electorado comunista el que quedó fagocitado por el FN.

El tercero, la corrupción generalizada de las finanzas de los partidos políticos en su conjunto y la impunidad penal en que esas finanzas ilegales derivaron, dio el golpe definitivo a la credibilidad del modelo. Un escepticismo creciente se apoderó del hasta entonces extraordinariamente participativo electorado francés. La morosité, ese hastío general del ciudadano votante, fue el tópico político dominante desde final de los años ochenta.

Ha desembocado en esto: 28% de abstención, 17% de voto fascista. Era previsible, es cierto. Pero, ¿alguien cree de verdad que es un problema interno de la “envejecida” Francia?

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