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Hacia el Golpe de Estado

Quieren forzar el estado de excepción. No hay otra lógica en el envite frontal del PNV. Y lo verdaderamente grave es que todas las determinaciones para consumar la jugada están dadas. Y que no va a ser fácil que el Estado pueda hacer otra cosa que alzar acta del trastrueque del teatro de operaciones y asumir que la ofensiva final ya se ha iniciado. Es una tragedia. Sin paliativos. Sea cual sea el desenlace final del choque, todos saldremos heridos de una contienda cuyas dimensiones no es posible prever en su gravedad completa.

Sin énfasis alguno –la situación es demasiado terminal como para que cualquier énfasis pueda hacer otra cosa que trivializarla–, los términos de lo que está en curso tienen pocos precedentes. No digo ya en España. En Europa. Si exceptuamos la tragedia en que la torpe ambición alemana hizo naufragar al desgarrado territorio balcánico en los años noventa.

Una parte del Estado español –la administración territorial vasca, con Ibarreche a la cabeza, lo es– se ha declarado en ruptura con la legalidad sobre la cual el Estado configura sus mecanismos. Técnicamente, se llama a eso golpe de Estado; al menos, desde que Gabriel Naudé codificara el concepto, allá por el siglo XVII. Es demasiado pronto para prever cual será su desenlace último. Es un dato, sin embargo, que la declaración de guerra ha sido hecha. Y que de bien poco sirve, cuando un movimiento local pone en marcha todo el frente, negarse a constatar lo sucedido.

Y constatar, ante todo, que el movimiento es cualquier cosa menos improvisado. Y que su inteligencia, a la hora de crear una situación irreversible, está fuera de discusión. Desde Tocqueville sabemos que, en los Estados modernos, no hay revoluciones que sean sino golpes de Estado, y que esos golpes sólo pueden ser triunfantes cuando operan con la celeridad de la sorpresa ("rayo que fulmina antes de que el trueno suene", decía Naudé) y se consuman antes de que el mastodóntico Estado tenga tiempo de desplegar su imponente potencia laminadora.

Quizá sea la memoria del último franquismo la que juegue en la cabeza de los estrategas nacionalistas; y la certeza de que nada fue más rentable para la incubación de una mitología nacional vasca que los sucesivos –e ineficaces— estados de excepción. Se cristalizó en ellos la "distinción" de lo vasco respecto de "lo otro", lo "no excepcional", lo español. Y nada volvió nunca a ser lo mismo.

Forzar, así, el estado de excepción es, tácticamente hablando, inteligente. Tanto ha ido cediendo el Estado, a lo largo de las tres últimas décadas, que ninguna línea de repliegue le queda. Aceptar el dictado del gobierno autónomo vasco –en rigor, declaración de independencia— es firmar el acta de defunción de la nación: no conozco un sólo Estado que haya hecho jamás eso. Rechazarlo es firmar una declaración de guerra: la del Estado en su conjunto contra una fracción insurrecta de él.

Tácticamente inteligente. También, estratégicamente catastrófico. Porque, en esa búsqueda de repetir los avatares de hace treinta y cuatro años, algo dejan de lado los hombres de Ibarreche. Y ese algo altera todo. Europa. Complaciente, a final de los años sesenta, con un nacionalismo en lucha con el último residuo de los fascismos, el caduco régimen del General Franco, no puede hoy la Europa de la UE permitirse veleidades secesionistas en punto alguno de su geografía. Menos aún, tras las amargas lecciones de la matanza familiar en la antigua Yugoslavia. Menos aún, tras las surrealistas propuestas de modelación "a la cubana", asombrosamente exhibidas por Madrazo e Ibarreche. Toda salida a la batalla que se inicia está cegada.

La situación no es mala. Es pésima. Pero ya ha sucedido. Que queramos o no verlo, nada cambia.

En España

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