Me hice un deber moral de no escuchar las voces. Pero estaban allí, aquellas voces. Y algunas eran de gentes que una vez –una vez– fueron amigas. De gentes que, antes de que esta segunda guerra fría en que vivimos ensombreciera mentes y enturbiara códigos morales, fueron inteligentes.
No atendí su pesada interferencia. Yenin acababa de ser tomado. Y toda –toda– la opinión pública española hablaba de genocidio. Primero fue la loca comparación de Yenin con Auschwitz. Los más moderados sólo condescendían hasta igualarlo al Ghetto de Varsovia. Me hice un deber moral de no ceder a su pesada interferencia. Ni siquiera a la –infinitamente más pesada– del afecto hacia los amigos perdido. Fui un canalla sionista, un asesino sádico de niños, un racista sanguinario, un conocido agente a sueldo del Mosad y la CIA... Fui todo lo que, en algún momento, leí que habían sido todos los que, en instantes infinitamente más duros que los míos, decidieron romper con la mortal fantasmagoría estaliniana, entre los años veinte y los cuarenta.
Escribí. No por capricho. Ni siquiera por preferencia o afecto: yo ya no tengo afectos en política, lo digo sin alegría alguna. Lo escribí por respeto a lógica. Y a los hechos. Lo escribí porque no hay más deber moral de aquel que escribe que el de no mentir nunca. Nunca.
Cincuenta y dos muertos palestinos frente a veintitrés soldados israelíes es el balance mínimo de una acción militar de asedio y toma. Cada muerto duele. Cada muerto. Pero un choque militar no es una masacre. De genocidio sólo puede hacer uso, para una cosa así, el más desvergonzado de los necios.
Toda la prensa española. Sin apenas excepción. Toda dictó: entre genocidio y masacre. Cuando se supo lo de los 52 muertos, unos lo negaron, otros, sencillamente, guardaron el más escrupuloso silencio. Habían apostado ya. Daba igual lo que la realidad dijera.
Toda la prensa española. Ahora, cuando es la comisión investigadora de la ONU la que fija las 52 bajas palestinas, cuando describe el uso que los milicianos de Hamas hicieron de la población civil como rehén escudo humano, cuando todo lo que fue dicho y escrito con pretensión de evidente se revela mentira, ¿cuál es la autocrítica de unos medios de comunicación unánimemente cómplices del terrorismo islámico en Palestina? Silencio. O distorsión. Como si nada hubiera sucedido. Como si llamar, durante a meses, a 52 muertos genocidio fuera una candorosa licencia poética.
Me negué a escuchar las voces. Era un deber moral. Me quedé sin amigos. Era un deber moral. No siento simpatía especial hacia el Estado de Israel. No la siento hacia ningún Estado. Es un deber moral. Pero no existe en este mundo afecto alguno que pueda hacerme escribir lo que sé falso.

Nada más que mentira
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