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Hacia el precipicio

Los hombres se destruyen. A sí mismos, aunque sea, con la mayor frecuencia, a través de la pantalla de los otros. Tal vez sea éste el más profundo deseo de lo humano: aniquilar. Y ésta la más honda de las certezas éticas, la sola: que toda la inteligencia humana se agota en la siempre frágil resistencia al deseo original de muerte. La muerte triunfa al fin; como una piedra lanzada hacia lo alto acaba por caer. La inteligencia –la ética o la estética–se agota en el esfuerzo, tan tenaz cuanto fallido, por prolongar su vuelo. Resistimos a lo inexorable. En el curso de esa resistencia somos hombres. Retornamos, al fin, vencidos, a la inercia mortuoria de la naturaleza. Y en ese efímero esfuerzo se cifra la grandeza que cabe en la mínima tragedia de ser hombre.

Los hombres se destruyen. Al principio, les es precisa aún una coartada. Religión o política (esa religión laica de la edad moderna) prestan su exuberante camuflaje a lo que cabe, en realidad, en el puñado sombrío de básicos instintos de la bestia predadora (y, sin embargo, hablante, y, al serlo, capaz de tanta inmerecida belleza) que somos. Se destruyen. A sí mismos a través de sus víctimas. A sus víctimas a través del lienzo abigarrado de imágenes, liturgias, providencias, destinos que componen la minuciosa fantasía que llamamos historia.

El inminente dar a luz un hombre nuevo, exento de miserias y dolores, opera como primordial profecía que justifica todo. Sufran tantos empíricos sujetos (de los míos como de los otros), desencadénese el dolor que precede al gran alumbramiento, arrase el vendaval del futuro a los inacabados hombres actuales...; vendrá luego el tiempo de la plenitud infinita para el infinito humano. A ese tiempo más allá del tiempo, las religiones de salvación llamaron apocatástasis; cambió su nombre por el –laico– de revolución, hace dos siglos. En la segura consumación de los tiempos (del tiempo ascendente al cual la Ilustración diera nombre de Historia), no hay muerte, no hay horror que no sea humanitario. Y necesario. E imperdonable cualquier debilidad del ejecutor, en la precisión de cuya mano armada se juega el pronto advenimiento de la humanidad ya consumada.

No, no hay sadismo o morbidez mental en el gesto indiferente de hacer saltar a una cría de seis años por los aires. No, si es esa nadería llave para que el tiempo del fin de todo sufrimiento acontezca. Diez millones fueron aniquilados en los campos nazis con tal lógica. Las cifras del Gulag o de Pol-Pot son casi incuantificables.

“El buen estratega”, escribía el gran Sunzi en su milenario Arte de la guerra, “somete a las fuerzas enemigas sin combatirlas, toma las fortificaciones enemigas sin atacarlas, desmembra los Estados rivales sin permitir que las acciones militares se prolonguen”. Pero el arte refinado de Sunzi busca la victoria militar. Y ETA ya no busca eso. ETA no busca ya nada que no sea la destrucción propia a través de la destrucción ajena. No es política. No es siquiera arte guerrero. Es pulsión de muerte. Irracional, feroz. Tectónico atavismo de predador acorralado.

No. No hay sadismo. Que nadie se engañe. No existiría problema de verdad grave –más allá de la personal anécdota hospitalaria–, si se tratara de eso. Sí una lógica acerada e inclemente. Cercana la Ciudad de Dios sobre la Tierra, los ángeles de fuego depuran el camino. Y Pascal sabe –allá por el lejano siglo XVII– qué es lo que ser ángel significa: “quien se empeña en hacer de ángel, hace de bestia”. Sabe también que toda la historia de los hombres, toda su irrisoria tragedia, se resume en una sola desesperada imagen: “Corremos despreocupadamente hacia el precipicio, una vez que hemos puesto delante de él una pantalla que nos impida verlo”.

Hacia el precipicio.

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