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¡Somentes peóns!

El aviso situado en el parque llamó mi atención desde la primera vez que lo vi. ¡Somentes peóns! señalaba con mayúsculas. ¿Dónde estaban –me decía cada vez que pasaba por delante– las obras que “solamente los peones” podían atravesar? Hasta que un día, caí en la cuenta: peóns no significaba peones, sino, misteriosamente, peatones.

Quizás se pregunten de dónde sale esta expresión. Para ser sinceros, de la nada. Peatón es un concepto que tiene origen en las ciudades y en la motorización de la vida, ámbitos que en Galicia se han expresado siempre en castellano. A causa de esto, el comité encargado –ya hace 20 años– de establecer las palabras y normas del gallego oficial se vio obligado a acudir a fuentes externas para cubrir las enormes lagunas del vocabulario autóctono. La duda entonces, que aún hoy divide a intelectuales y profesionales del galleguismo, era si valerse del castellano o del portugués como base de la nueva lengua.

El dilema era obvio: si se valían del castellano, el neogallego acabaría pareciendo un español de curiosa fonética; si se apoyaban en el portugués, el idioma sería sentido como un cuerpo extraño en Galicia (las implicaciones políticas del gallego lusista tampoco gustaron a muchos). El debate lo ganó la facción castellanista, al menos en la más visible de las normas, la ortográfica. Fue en el léxico donde los partidarios de diferenciarlo del castellano se hicieron valer y acuñaron curiosas palabras. Su problema es que no han conseguido borrarles el aroma a artificio y a pastiche. ¿Quién va a decir en público peón con el sentido de peatón, sin sentirse un poco ridículo y sin dejar estupefacto a su auditorio?

Pero, si yo fuera galleguista, me preocuparía mucho más el somentes que el peóns. Recuérdese cómo se forma la palabra sola-mente: un adjetivo en femenino y singular al que se le añade el sufijo /–mente/ para convertirlo en adverbio. Esta construcción tiene su origen en el bajo latín –ablativo del femenino mens/mentis más adjetivo concordante– y sigue funcionando en la mayoría de las lenguas románicas. Sus hablantes conocemos las reglas de formación antes mencionadas, sin necesidad de estudiarlas ni de que nos las expliquen (por eso decía Chomsky, cuando se dedicaba a la lingüística, que nacíamos con una gramática en la cabeza). Nadie, jamás, dice solomentes... excepto en gallego. Ello indica, no que los gallegos suframos de una tara de origen étnico, sino que los mecanismos de funcionamiento de la lengua (en este caso, la analogía) están deteriorados hasta la raíz, y que el esqueleto del idioma amenaza con no ser más que carcasa sin vida.

Existen jóvenes en Galicia que han asimilado la ideología del galleguismo y que intentan torcer el curso de la historia. Son pocos, viven los más en torno a la corte, en Santiago, y procuran hablar un idioma capaz de expresar el mundo moderno. Si porfían, crearán una lengua útil. En pocos siglos. Es el tiempo que habitualmente se tarda.

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