Cifra el clásico el arte del analista político en “no burlarse, no deplorar o maldecir las acciones humanas, sino entenderlas”. Conviene atenerse milimétricamente a ese axioma básico de la filosofía política moderna, a no ser que busquemos complacernos en confundir realidad y deseo: nada hay más catastrófico en política que ese tipo de confusiones.
Los movimientos de ficha sobre el tablero del ajedrez político son, en lo que al país vasco concierne, casi matemáticos. Y, en lo esencial, pueden ser previstos a muchas jugadas de distancia. Su determinación escapa a cualquier voluntad o preferencia. Es la endiablada lógica de un conflicto que entrevera lógica militar y política la que está en juego. Y cada uno de los adversarios sabe ahora que poco puede esperar ya de una salida negociada.
La situación que culmina en este verano se inició con un movimiento local en la estrategia de ETA, hace media docena de años. Básicamente consistía en cambiar el objetivo táctico. Conforme a un viejo principio que, bajo la conocida fórmula del eslabón débil de Lenin, remite a Sunzi y los antiguos maestros del arte de la guerra, un frente se desmorona cuando su punto más débil es roto. Mao teorizaría eso en la muy conocida tesis conforme a la cual la guerra popular consistiría en el arte de ser infinitamente superiores en lo táctico cuando se es infinitamente más débil en lo estratégico.
Hasta entrados los años noventa, ETA había considerado eslabón débil al ejército. Había concentrado sobre él su presión, esperando su rebelión contra el Estado democrático. Fue un rotundo fracaso. Luego, se produjo una recomposición táctica de apariencia enloquecida: detectar el eslabón débil en el escalón más bajo de la política institucional, los concejales, y golpear perseverantemente sobre él. Producía estupor, porque contravenía todas las mitologías de la tradición leninista –a las que ETA se declaró siempre doctrinalmente fiel– ese abrir fuego sobre el sector menos relevante del Estado. Pero, técnicamente, demostró tener una eficiencia pavorosa. Un alto dirigente político está moral, e incluso profesionalmente, obligado a ser heroico y aguantar lo que se le venga encima: para eso se le paga. Un concejal, no. La proximidad de las elecciones municipales en el país vasco fue progresivamente trasluciendo una certeza terrible: la imposibilidad en que una parte del arco constitucional iba a verse para completar sus listas de candidatos. En ese punto exacto, ahí donde un área política completa –la del PP, en principio, pero todo hace pensar que la dinámica acabaría por extenderse a tod el sector no nacionalista– queda materialmente excluida del proceso electoral, es la normalidad constitucional la que queda rota. De hecho.
La ley de partidos votada este verano no hace sino transcribir a la lengua del derecho lo que, en los hechos, está ya dado: la excepcionalidad política que impera en una parte del Estado, de algún modo, fuera de garantía. No es ni deseable ni indeseable. No es siquiera discutible. Es el trueno que sigue al rayo. Tan insoslayable como él. Tan insoslayable como lo que vendrá de inmediato: la fase resolutiva de la partida de ajedrez. Fase cuya dureza es, pienso, más que previsible. Aguardan tiempos pésimos. Pésimos e inevitables.

Lo inevitable
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