Menú

The rising

Springsteen en el tocadiscos, you’re missing, ya no estás, y cada cosa sigue en su sitio, aunque no haya torres gemelas y el dolor sólo ocupe su espacio, aunque más de tres mil personas sean nada en el rigor matemático de un nihilismo infinitamente más depurado que aquel que asolara a Rusia en los inicios del siglo XX, aunque todo persevere en gestos, liturgias, cotidianos rituales de pervivencia. You’re missing, ya no estás, y un bellísimo disco que nos devuelve al Boss de la gran época: el de mediados los ochenta.

No hubo retórica, no hubo lamentos en el Nueva York del 11 de septiembre, nada de esos alaridos con los que gustan adornar la tragedia tradiciones religiosas y culturales que detesto. Que detesto en lo estético, más aún en lo moral. No, lo estoy escribiendo mal: lo estético, lo de verdad estético, es, en sí, lo ético, lo universalmente ético. Y el alarido y el espectáculo de las rituales plañideras trueca en calderilla la tragedia, la envilece. Enfatizar la muerte es obsceno. E inmoral. La muerte es el absoluto. Y, del dolor que ella pone en los que quedan, sólo un silencio absoluto podría dar medida.

Que detesto, pues. En lo estético: lo moral.

Pero lo obsceno está ahí, es casi norma en este bárbaro mundo que nos cayó en cuenta. Recuerdo, hace meses, las imágenes. Entierro de un joven palestino en Cisjordania. Alaridos desgarrados, océano de lágrimas, hombres que se tiran de los cabellos y claman venganza, cohorte de mujeres enlutadas que aúllan como fieras heridas. Sobrecogedor. De pronto, un avión israelí pasa. Pánico. Los que portan el ataúd lo dejan caer al suelo, se desperdiga, de inmediato, el séquito, el cadáver se levanta de su caja y sale corriendo como una centella. Teatro. En su forma histriónica esta vez. Otras, el cadáver es real. Seguro. Pero el teatro es el mismo. Y la obscenidad, y la esencial inmoralidad, idénticas.

No me conmueven los gritos en los entierros. Me avergüenzan. Sentí siempre su mentiroso ruido como un insulto hacia el que ya no existe. La verdad debe decirse en voz muy baja; como el dolor; el dolor nunca miente. Pocas cosas detesto más que a sujetos lo bastante atrofiados moralmente como para necesitar hacer de su dolor escena y apropiarse así del cataclismo que, en su forma infinita, es sólo del que muere. Y casi ninguna admiro más que la severa invisibilidad de aquel que sobrevive al ser amado. Porque, “como el amor, debe el dolor ser mudo”, en fórmula lúcida de Luis Cernuda. Y escucho, ahora, a Bruce Springsteen: la evocación contenida de esa ausencia que ninguna queja borra. Y sé que no existe otra cosa digna que hacer frente a la muerte: sobria belleza, que no la borra ni la enmascara. Ni la consuela, tampoco: no hay consuelo para eso.

Belleza elíptica. Imperativo moral, aún más que estético. Todo está dicho en John Keats, hace dos siglos: Beauty is truth. Truth beauty (“Belleza es verdad. Verdad, belleza” ). Eso, o bien, el vocerío: la indecencia. Lo que es siempre mentira.

En Internacional

    0
    comentarios

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj Durcal