Los grandes cataclismos no se perciben nunca en un primer momento. Su dimensión pone en juego hasta tal punto el campo simbólico –y la lengua en la cual ese campo se configura– que es preciso aguardar el lento poso que acabe por dejarnos acotar un paisaje nuevo, para el cual no tenemos aún las palabras precisas.
El 11 de septiembre fue de ese orden. Percibimos que nuestro mundo se había derrumbado con las torres. Tuvimos la desasosegante certeza de entrar en un nuevo tiempo de tempestades. Pero aun nuestros lamentos de entonces estaban hechos de realidades y palabras sobre la caída de las torres –ese eco apocalíptico de la caída del muro en el 89–; y poco o nada decían de la nueva realidad, devastadora, que acababa de abrirse.
El año 2002 ha sido el del lento transparentarse del nuevo horizonte, a la medida en que la polvareda se asentaba. Ese horizonte se llamaba guerra. Mundial. No metafórica. Inmediata y tangible. Con la misma exactitud con que guerras mundiales fueron las tres del siglo XX (incluyo, naturalmente, la que, desde 1948 a 1989 tomó el eufemístico nombre de guerra fría). Y previsiblemente muy larga.
Lo desasosegante no es eso. Tras un siglo de vaivenes, las guerras de dimensión mundial ya no son nuevas. Lo extraño es la superposición, sobre esa hipermodernidad de la guerra a escala planetaria, de la más arcaica de las mitologías: la guerra de religión. Armamento de alta tecnología en manos de hordas que buscan sólo consagrar el mundo a un Dios inaplacablemente bárbaro. Parece más cosa de cómic un poco subnormal que de historia. Y, sin embargo, en eso estamos.
Y en medio está el petróleo. Ese absurdo sin el cual los sicarios de Alá seguirían condenados a la lenta economía del asesinato del infiel a punta de cuchillo. No es Ben Laden el enemigo; no lo son siquiera la multitud de los mullahs descerebrados que entonan sus plegarias para aniquilar al descreído. Sin los jodidos pozos, todo eso sería asunto de orden público. La guerra, la que hemos visto empezar en el 2002, acabará cuando los pozos sean protectorado internacional y el petróleo bien común de la humanidad. Mientras tanto, nada servirá para nada.
Nos aguardan los largos tiempos pésimos.

Tiempo de tempestades
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