Las recientes declaraciones de los ministros de Asuntos Exteriores de España y Marruecos cantando las excelencias de unas relaciones en plena reconstrucción reflejan mejor que nada el rumbo errático de una política exterior que oscila entre la exaltación y el nihilismo. Tras haber dicho horrores de España, los españoles y el gobierno, el ministro marroquí, Mohamed Benaissa, no oculta ahora su entusiasmo por las intensidad de los contactos y conversaciones con su colega española, Ana Palacio, a la que humilló y ninguneó hace unos meses rompiendo una norma de conducta que era sagrada en cualquier país árabe, la cortesía extrema con los visitantes.
Y en la misma longitud de onda, la ministra Palacio se une al entusiasmo ambiente para recalcar lo bien que se lleva con Benaissa y lo felices que seremos todos y las perdices que degustaremos cuando regresen los embajadores a sus puestos respectivos. Esta retórica insípida y reiterativa a un lado y otro del estrecho de Gibraltar mal puede ocultar algo que por desgracia sigue dominando las relaciones entre los dos países: el exceso y el defecto donde debía haber moderación y sentido común.
En la etapa del malhadado Josep Piqué al frente de la cartera de Exteriores cualquier contacto entre responsables españoles y marroquíes era “histórico”, las relaciones parecían cordialísimas, nos amábamos con pasión beduina y nuestras hermandad semejaba incomparable e irrompible. Eso no impidió que horas después de haber sido recibido por el rey Mohamed VI en Agadir y reiterar aquello de las relaciones intensas e históricas, el monarca ordenara a su embajador en Madrid que se largara con viento fresco sin explicación previa. La explicación todavía está pendiente. Toma relaciones “históricas”.
La ministra Palacio aprovecha ahora un gesto simpático del monarca alauita (el permiso “gratis total” para que algunos pesqueros españoles faenen en el banco atlántico-sahariano) para proclamar la idoneidad de los contactos entre Madrid y Rabat en una prueba suplementaria de que, como sucede desde hace muchos años, la iniciativa de estas relaciones la lleva Marruecos y los sucesivos gobiernos españoles bailan al ritmo que interpretan los amables vecinos del Sur en sus volubles tambores.
Todo esto lleva a preguntarse sobre cuándo entre los dos países se establecerá un tipo de relación amistoso y contenido, sin chantajes territoriales (¿qué otra cosa son las permanentes reclamaciones sobre Ceuta y Melilla o los reproches sobre la posición española en el contencioso del Sahara Occidental?) ni exaltaciones periódicas, sin abrazos ni empujones; unas relaciones semejantes a las que tenemos, por ejemplo, con Túnez y deberíamos tener también con Argelia y Mauritania, países próximos e importantes para nuestra acción exterior.
Mientras esta normalidad no se consiga oscilaremos entre los malhumores periódicos y las reconciliaciones lacrimosas en la más pura tradición bananera o... africana
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España-Marruecos: o no llegan o se pasan
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