Conforme al canon que fija la Declaración de derechos del hombre de 1789, “una sociedad en la cual la garantía de los derechos no esté asegurada y la división de poderes determinada no tiene constitución”. Es el caso modélico de la Venezuela chavista. Eso a lo cual el espadón de turno llama Constitución bolivariana podrá ser llamado de muchos modos (alucinación, el más bondadoso), constitución, no. Pues que ninguna autonomía real de poderes está garantizada en el gran cuartel del golpista.
Remitirse así, como al caudillo local tanto gusta, a la legitimidad violada por sus opositores frente al Estado que él representa, está fuera de lógica. Una dictadura –y es dictadura todo régimen en el cual aquella división y autonomía de poderes no operan– no toma su legitimidad más que de la fuerza; la suya es una lógica de guerra, en la cual se gana o se pierde, se aplasta o se es aplastado. Ni Castro ni Chávez tienen por qué buscar otra fuente a su poder que la fuerza de las armas. Pero tampoco pueden pretender que obediencia alguna les sea debida más que por el temor a su supremacía en la acumulación de violencia.
Así las cosas, el dilema a descifrar es qué sea lo que impide, pese a todo, una guerra civil, que parece transparentarse en cada gesto y cada día de la Venezuela en caos. Dos meses de huelga general. Gigantescas manifestaciones contrapuestas y casi continuas. Choques mortíferos en la calle. Una sociedad atrozmente arruinada y –es quizá aún peor– desgarrada de un modo que parece irreparable. No hay muchos precedentes de una descomposición política tan larga y tan profunda. Y el horizonte de la guerra civil es algo más que una espeluznante hipótesis. Tal vez sea únicamente la propia fractura interna del ejército lo que frena ese mortal desenlace. Pero nadie en su sano juicio puede jugar a seguir prolongando el riesgo.
Chávez es la monstruosa criatura de un pasado devastador. Han sido muchas generaciones de políticos enfangados en arbitrariedad y robo, hasta llegar a la cumbre de la indecencia fijada por Carlos Andrés Pérez, íntimo consejero de Felipe González y notorio delincuente. De ese naufragio de todas las familias y corrientes de la política venezolana nació el desafecto popular hacia una llamada democracia en la que nadie podía ver sino la máscara de una odiosa banda de ladrones. Que un demente como Chávez haya podido sustentar sus salvajadas sobre una amplia base social, sólo es inteligible a partir de ese mezquino drama.
Venezuela se abalanza sin freno contra un muro. Sólo el retorno a un modelo constitucional garantista, previa abolición de la apocalíptica cosa bolivariana, puede asentar bases para una normalidad sobre la cual buscar salidas a la ruina; a la moral como a la económica. No está nada claro que no sea ahora ya demasiado tarde.

En el límite
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