Como en aquella belle époque, en la que el Gimferrer primero atisbaba, con melancolía, la tragedia –“algo nacía, bronco, incivil, díscolo / más allá de los espejos nacarados”– europea al acecho en cada brillo, en cada sombra. Así, el presente.
Europa mira hacia otro sitio. Supongo que es muy duro aceptar lo que pasa. Cuando tiene ese algo los atributos todos de un fin hecatómbico de época. Europa ha cumplido su ciclo (leamos a Barzun y resignémonos a extinguirnos). El siglo XX le sirvió para exterminarse en familia. Exangüe, nada puede ya frente a un mundo que le escapa. NI siquiera intenta huir. Se envuelve sólo en palabras. Más decrépitas, si cabe, que ella.
Y sigue el baile. Actrices delicadas, enguantadas en lamés dulcísimos, invocan su deseo de otro mundo, no éste tan vulgar de aquí, donde los hombres mueren. Llevan del brazo, como en un muy melancólico poema del Gimferrer primero, todo de neón y cine, llevan del brazo al gángster más decrépito del barrio. Y sonríen. Y bailan.
Es el Titanic, Europa. Al borde del naufragio. Y bailando. Al borde del naufragio, cuando los tules se despliegan con gracia de mariposa, no a la guerra, no a esas cosas tan feas, no los enormes hielos que pasean sobre el mar a muy pocos milímetros, que no nos rocen esos fríos, no a la guerra, ni a los icebergs, ni a los enormes boquetes en la proa, que hacen que un barco zozobre como una botella rota, no, no, no. Suena el vals. Bailemos.
Yo también me iré a pique. Todos nos iremos. Pero me niego a ser el pianista del Titanic.

Último vals en el Titanic
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