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Palacio sitiado

Ana Palacio compareció en directo el miércoles en el programa “El tercer grado” que dirige Carlos Dávila para dar cuenta de la labor del Gobierno en el conflicto de Irak. En un asunto de tanto calado, en el que Aznar ha tomado las riendas de manera personal y directa, la función de la ministra no deja de ser la de un peón subsidiario que resiste como puede una situación que la sobrepasa.

Las entrevistas de Carlos Dávila no suelen poner en aprietos a los invitados. Más bien se inclinan por ofrecer una tribuna para que, en su caso, los políticos lancen sus mensajes con la brillantez de que sean capaces. Esa posición de cierta comodidad es la que hace que no se empleen a fondo en los argumentos y vayan con menos defensas de las que correspondería a la participación en un programa de TVE.

“El tercer grado”, por su complacencia, no brinda titulares que acrediten el mordiente periodístico, pero son muy elocuentes a la hora de presentar el estado de ánimo de los entrevistados. Hace unas semanas lo vimos con Ana Botella, que no manifestó la energía de la que hace gala a diario, y lo hemos podido comprobar con Ana Palacio en el último programa. Tras dos días de debate parlamentario sobre la posición del Gobierno español en la probable guerra de Irak, cuando estamos en una fase de sensibilización de la opinión pública, la ministra se mostró con ojos tristes, con síntomas de agotamiento y falta de “punch”.

Con un aspecto más discreto que en otras ocasiones, sin collares de enormes bolas ni pañuelos llamativos, pareció más una mujer acorralada que con iniciativa. Los telespectadores pueden hacerse cargo de lo que se le ha venido encima a esta voluntariosa mujer desde que se hizo cargo de su cartera. Entró con Perejil y no se despedirá con laurel, y, entretanto, no le ha dado tiempo más que para convertirse en personaje imitado por Carlos Latre y presentar la imagen de una trabajadora de la escena internacional que está donde le mandan, aunque sus intervenciones no estén a la altura de las circunstancias.

Tal como está el mundo, la insistencia en el consenso, que reiteró en el programa, no deja de ser una pantalla de humo y una forma de hablar sin decir nada. Si el Partido Popular quiere recuperar posiciones en la opinión pública, necesita argumentos contundentes y disposición de sus dirigentes para intentar convencer. Esto no se vio en “El tercer grado”, con una ministra cansada, con perfil de superviviente de varias guerras personales y políticas, pero con escasa eficacia a la hora de comunicar. De su entrevista queda sólo la imagen de una ministra que va a remolque de los acontecimientos, una mujer bienintencionada que a duras penas puede hacer avances en materia diplomática y de conquista de la opinión pública. La ministra ofreció una imagen transparente, pero sus palabras fueron una nebulosa en las que se percibió la defensa de la cohesión del partido por encima de la argumentación política del alineamiento con EEUU.

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