El principio de la campaña shock and awe (choque y espanto) en el Irak indica el fracaso de las negociaciones entre el gobierno de Estados Unidos y la cúpula iraquí para un cambio de gobierno, y se da, según fuentes de inteligencia norteamericana, en momentos de gran confusión en las altas esferas de Bagdad, lo que hace sospechar que Sadam Husein no tiene el control del país. Las negociaciones continúan y los ataques son una advertencia a los interlocutores iraquíes.
La diferencia entre los planes para un gran ataque anunciado por el gobierno norteamericano y las operaciones limitadas de los primeros dos días, obedeció probablemente a las expectativas de un hundimiento del régimen iraquí, alimentadas por las especulaciones de que Sadam Husein hubiera sido alcanzado por los misiles que abrieron el conflicto y pudiera estar herido o incluso haber muerto.
El Pentágono se planteó si la gran campaña no sería contraproducente, como indicó este jueves el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, en una rueda de prensa más dirigida a los militares iraquíes que a los periodistas norteamericanos: no veía razones para entrar en la fase siguiente de la contienda mientras hubiera esperanzas de que Sadam se marchara o lo obligaran a marcharse. El portavoz de la Casa Blanca, Ari Fleischer, incluso lanzó una velada invitación al dictador iraquí para que se acogiera con retraso a la posibilidad de exilarse, no tanto para impulsar a Saddam, pero sí a sus militares.
Puede que los escenarios apocalípticos del “peor ataque que jamás se ha visto”, esta vez no sean más que la continuación de los intentos del presidente Bush de demostrar a Sadam que es inútil resistir y le conviene más aceptar las exigencias de Washington y sus aliados; pero está claro que el Pentágono está dispuesto a demostrar que las amenazas de Bush no son gestos vacíos. ¿Cómo se explica, si no, que la administración Bush, famosa por su disciplina a la hora de guardar silencio, lleve meses filtrando algo tan secreto como el plan de guerra contra el Irak?
Durante meses, Bush ha intentado demostrar a Sadam que es mejor desarmarse que enfrentarse por segunda vez a un poderío militar norteamericano mucho mayor que el de hace 12 años, cuando obligó al Irak a retirarse de Kuwait en unas pocas semanas. Su estrategia fracasó en la fase final porque no hay diplomacia que funcione sin el respaldo de una fuerza creíble y la negativa francesa a cualquier amenaza militar llevó a Sadam a uno más de sus frecuentes errores: olvidó que Washington y Londres acostumbran a hacer lo que dicen y creyó que Bush se dejaría amilanar por la grandeur y experiencia de Chirac y se hundiría en el pantano de negociaciones.
Hay una hipótesis de que el Pentágono cambió de planes en el último momento, ante la “oportunidad” ofrecida por los servicios de inteligencia de atacar el escondrijo de Sadam Husein. Es más probable que sus planes hayan sido desde el principio muy diferentes de los divulgados por la prensa y que no estén tan lejos de lo que han recomendado muchos críticos de Bush dentro de Estados Unidos: en vez de la “guerra total”, podría ser suficiente con atacar objetivos como los arsenales y fábricas de armas de destrucción masiva.
Lo que Bush no pudo hacer en las Naciones Unidas, trata de conseguirlo ahora con sus fuerzas y sus aliados. Es como una jugada de póker con un Sadam que nadie sabe si está vivo y un Bush confiado en los ases de su mano, los cuales está empezando a enseñar.

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