A pesar de la cautela con que el gobierno norteamericano comenta el colapso del régimen iraquí, no ha perdido un momento para contestar a los militares retirados que criticaron duramente la campaña en los primeros días de las operaciones. La entrada en Irak con un número de tropas relativamente reducido permitió sorprender a Sadam Husein y salvar los campos de petróleo y la infraestructura del país.
Según el gobierno norteamericano, Sadam creyó que Washington repetiría la operación “Tormenta del Desierto”, que en 1991 exigió el despliegue de medio millón de soldados para expulsar a los iraquíes de Kuwait. Con 250.000 efectivos en toda la región, pensó que aún tenía tiempo hasta que el Pentágono amasara una fuerza mucho mayor, o a que el presidente Bush cediera ante las presiones de Chirac.
Quizá tan sorprendidos como Sadam ante la estrategia de Washington quedaron los medios informativos norteamericanos, que dos semanas antes habían criticado la insuficiencia del despliegue y esperaban una lucha casa por casa en una ciudad hostil, dispuesta a enviar constantemente suicidas dispuestos a inmolarse para acabar con los invasores infieles.
Aunque el vicepresidente Cheney dijera que la campaña de Irak pasará a los anales de la historia militar, los comentarios más entusiastas, comparando la entrada en Bagdad con la caída del Muro de Berlín, los hizo el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, cuya estrella se había desdorado ante las dificultades encontradas en Irak, que hacían prever una campaña de meses y no de semanas como habían anunciado los periodistas, influidos por el optimismo de sus fuentes.
Es probable que el mismo Rumsfeld estuviera sorprendido de que el régimen de Sadam cayera en sólo tres semanas, con apenas la cuarta parte de los efectivos en la guerra del Golfo: en vez de 500.000 soldados, sólo 90.000 participaron en los primeros días y en estos momentos no hay más que 125.000 dentro de Irak.
Todavía hay luchas en el norte y resistencia en Bagdad, pero así como hace 12 años Sadam anunciaba “la madre de todas las batallas”, ahora habría que hablar de “la madre de todas las derrotas”, producto de los nuevos armamentos de precisión, del entrenamiento y coordinación de los diferentes cuerpos del Ejército norteamericano, así como de la decisión de seguir la marcha hacia Bagdad. Este avance, a pesar de los problemas en el sur y de la escasez de suministros, probablemente desorientó a las defensas iraquíes y no les dio tiempo a utilizar los mecanismos que tenían preparados, como voladuras de puentes, explosiones de pozos de petróleo, o destrucción de los pantanos para inundar las carreteras hacia la capital.
El régimen iraquí también contribuyó a la derrota con una preparación insuficiente en las defensas de la capital, donde apenas había trincheras, barricadas, puestos de francotiradores o minas que protegieran en los combates urbanos. Por otra parte, las columnas de la Guardia Republicana fueron blancos fáciles para la aviación norteamericana cuando marchaban hacia Bagdad.
Pero la preocupación en el Pentágono sigue: los fanáticos de todo el mundo islámico pueden seguir dentro de Irak o buscar venganza en el resto del mundo, y elementos del partido Baaz, la Guardia Republicana o los “Fedayín” están probablemente mezclados con los grupos que daban la bienvenida a los tanques norteamericanos. Nadie sabe si cambiaron de opinión, o si esperan una nueva oportunidad para atacar.

La madre de todas las derrotas
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