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Voluntarias servidumbres

“A bien decir, es extrema desdicha la de ser súbdito de un amo del cual jamás se puede asegurar que sea bueno, puesto que está siempre en su potencia ser malo cuando le plazca”. Extrema desdicha, la de ser súbdito de una monarquía, puesto que nada que el monarca ejecute puede ser castigado por los tribunales. Nada. Lo escribe Étienne de la Boétie en 1546 (tenía 16 años, leía a la perfección latín y griego). Pero vale exactamente igual para esta monarquía, llamada constitucional –clamoroso oxímoro– que es la española, donde un rey puede, si así le place, cortar en rodajitas a diecisiete viejas más cuarto y mitad de bebé a la plancha en público espectáculo, sin que tribunal alguno esté capacitado para exigirle responsabilidades conforme a ley. Así que no me vengan con gaitas matrimoniales a estas alturas. De esta real pareja cuyos gastos –y los de su prole–habré de cargar sobre mis impuestos de por vida, lo único que aguardo es que alcance pronto la plena y normal condición ciudadana. En una República, en la cual deba ganarse las lentejas como todo el mundo. Y punto. Lo demás no es más que una mala broma. Y un insulto a la inteligencia.
 
Leo el De la servidumbre voluntaria en esta gélida linde entre el otoño y el invierno, tiempo propicio a la melancolía. En la gélida luz láctea de noviembre, a mí me ha dado por poner una sola canción en el tocadiscos. Su repetición abole el mundo. Suelo hacerlo, cuando lo de fuera de mi biblioteca me aburre demasiado. O me pone de demasiada mala leche. Esta vez le ha tocado al Johnny Guitar que tan extrañamente me conmovió –la canción que silabeaba Peggy Lee, como la película prodigiosa de un director a quien, sin embargo, juzgo mediocre– allá por el final de los años cincuenta, cuando yo tenía, tal vez, seis o siete, y cuando de éste país podía esperar cualquier cosa –la peor como la mejor—, cualquiera menos un régimen monárquico. La Boétie se lamenta, allá por el tan cercano siglo XVI, de la incalificable cobardía de quienes permiten el poder de uno (Contra uno es el subtítulo de su libro): “son los pueblos mismos quienes se dejan, o más bien se hacen, devorar, puesto que bastaría que dejasen de aceptar para ser libres”. Bastaría decir no, para que el monstruo se trocase en ceniza. No lo decimos.
 
La linde entre el otoño y el invierno. Y su luz gélida y tan hermosa. Todo ha ido yendo a peor. Tal vez vivir es eso. El cine se convirtió en bazofia, a lo largo de las últimas tres décadas, apenas si apéndice de la televisión más descerebrada. La prensa diaria es poco más que prótesis de las revistas ilustradas para porteras (todos somos, en diverso grado, porteras en las sociedades contemporáneas) ¿El mundo? Red de repeticiones más que horteras, que en nada me concierne. Nada de hoy me conmueve. Supongo que han debido existir, ya antes, tiempos así: tiempos muertos, en los cuales la necedad prevalece sobre cualquier otra resonancia humana. Y de cuanto sucede en el tan real universo de políticas y poderes, nada hay que no me produzca asco.
 
Alguien repite la más cursi de todas las tan cursis ceremonias humanas: el matrimonio. Y la gente habla de eso. Como de algo.
 
Es tiempo de naufragar en esta estepa helada del presente. Leer a un joven genio muerto en 1563. Y desear lo imposible. Porque en esto real ya no hay quien viva.

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