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La paradoja

No es fácil acotar la paradoja. Chirriante. En el mejor momento económico de su historia reciente, asentada sobre un aplomo material y una relevancia internacional que hubiera sido impensable hace sólo dos décadas, la sociedad española parece en el límite mismo del despeñadero. La nación –esa invención de la burguesía del siglo XIX que forja la modernidad de Europa– afronta un desmoronamiento que muchos ya aceptan dar como inevitable.
 
Y, a los viejos conflictos de clase, sobre cuyas elaboradas mitologías, se desplegó lo más denso de la historia del siglo XX, los desplaza ahora una mitología arcaica, que hace casi nada hubiera dado sólo risa: la de ese hortera provincianismo de amor a la patria chica al cual se ha venido a dar solemne nombre de nacionalismo. Georges Brassens se guaseaba malévolamente, en sus conciertos en Bobino del invierno del 72, de los “imbéciles felices que han nacido en algún sitio”, esos descerebrados que te dan la barra, sin el más mínimo sentido de la cortesía ni el ridículo, a costa de la celestial excelencia de su terruño. No se engañaba el viejo ácrata, sin embargo. Y la canción acababa en un tono bastante menos festivo: al final, los imbéciles felices que han nacido en algún sitio acaban siempre dándose el gusto de llevarse por delante a los pobres diablos que no aceptan participar en su carismática creencia. Digo creencia, porque el cursi provincianismo del amor al terruño al cual es convención llamar nacionalismo, no es más que una religión inconfesa: religión de la sangre y de la tierra. Y la política, en ese tipo de sociedades creyentes, no es jamás otra cosa que chamanismo.
 
Decir esto es necesario. Pero nada arregla, ni en nada consuela. Muy al contrario. Pocas cosas hay más perseverantes en el estúpido cerebro humano que la delectación en las formas más primitivas y más supersticiosas del chamanismo. Basta haber oído y leído a Carod estos dos días para constatarlo como el hecho determinante. Porque nadie se engañe, después de la noche electoral, en Cataluña sólo ha habido un político con iniciativa: el dirigente de Esquerra. Que su porcentaje de votos sea la mitad del de CiU o PSC, importa, a decir verdad, bastante poca cosa. En el punto en el que se han puesto las cosas, no son los votos, sino las mitologías, lo que cuenta. Y las mitologías, y, sobre todo, su artesanía chamánica, está en manos de Carod. La tendencia, hoy, le favorece: frente a un pujolismo que ha chocado con quienes hacen realidad de lo que en Pujol fuera retórica, y frente a un maragalismo, hecho de un verbalismo casi etílicamente contradictorio.
 
Desde el interior del gobierno autónomo o desde fuera, Carod va a determinar –es inevitable– la política catalana. La secuencia es matemáticamente previsible: reforma del estatuto catalán, primero; reforma de la Constitución española, de inmediato, para dar paso a un Estado federal, cuya forma, monárquica o republicana, habrá de ser negociada con vascos y catalanes. Todo muy sencillito, muy como de mesa camilla, si nos atenemos al tono de lo dicho en estos días. La nación existente se desconstituirá. Nacerán, de ella, otras tres (por lo menos). No pasa nada. Y la evocación de Eslovenia empieza a aparecer en todas las alusiones.
 
No pasa nada.
 
Salvo que después de Eslovenia vino Croacia. Y luego Bosnia. Y Kósovo. Y una catástrofe de dimensiones difícilmente reproducibles.
 
No pasa nada.
 
Salvo que la hipótesis Carod implica la doble quiebra, política y económica, de los atravesados por ella. Cataluña retornaría al último tercio del siglo XIX. Como las Vascongadas. Los costes se llevarían por delante cualquier estabilidad económica –no hablo ya de la política– en la Península por muchas décadas.
 
No es fácil determinar de dónde vino esta agria paradoja. Yo tengo para mí que de la torpe transición que diera a luz una Constitución mal redactada y un delirio autonómico más allá de lo narrablemente estúpido. Pero está aquí, esa paradoja. Para quedarse. Y para amargarnos la vida. Probablemente, mucho más de lo que ni siquiera imaginamos.

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