La Constitución ha cumplido veintiséis años. Un cumpleaños triste y descolorido, no por el paso de los años, sino por la falta de carácter del Gobierno que tenemos. Y es que Rodríguez Zapatero, que va camino de los ocho meses como Jefe del Ejecutivo, está consiguiendo en un tiempo absolutamente record poner "patas arriba" la estabilidad constitucional.
Nada más aterrizar en el poder, y buscando tranquilizar a sus apoyos parlamentarios, el presidente Zapatero abrió de forma irresponsable la reforma constitucional. Un intento de apaciguar las exigencias nacionalistas que puede terminar convirtiéndose en su propia trampa política. Zapatero ya es víctima de su debilidad: ha prometido a medio mundo cambios, reajustes y reformas para tener a todos contentos pero la estrategia que se ha revelado como una señal de una evidente inconsistencia en sus objetivos e ideas.
Zapatero ha conseguido pasar en ocho meses de la intocable Constitución de los 25 años de democracia a la Constitución cuestionada por estar caduca en sus contenidos. Zapatero ha conseguido enterrar de un plumazo la sensación de éxito, acierto y estabilidad constitucional que nos había dado el texto de 1978. Ahora, sin embargo, nos encontramos inmersos en una situación de cambios, de inestabilidad y de renovación permanente. Nadie es capaz de explicar los motivos de esos cambios ¿tan necesarios? Pero todo el mundo reconoce que son el resultado del chantaje de los partidos nacionalistas que dan apoyo al Gobierno.
El nacionalismo exige esas reformas como resultado de una política de trueque primitivo y primario. Pero ciertamente no son los nacionalistas los únicos autores de estas amenazas. El socialismo catalán, obsesionado por su pervivencia en el poder, ha hecho propias estas exigencias situando a Zapatero entre la espada y la pared.
La Constitución ha celebrado un nuevo aniversario, el vigésimo sexto, pero en esta ocasión con el fantasma de una reforma sin sentido y sin cabeza. Este 6 diciembre, en el Congreso de los Diputados, no se ha vivido con la alegría de otras veces el cumpleaños constitucional. Esta vez, la fiesta ha estado empañada por la irresponsabilidad del poder. Y eso, sinceramente, tiene muy mala pinta.
