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Un triunfo personal, una derrota colectiva

El panorama que se abre en el País Vasco es desolador, con los partidos constitucionalistas en franca retirada y una gran mayoría independentista.

Los resultados de esta noche electoral deben analizarse en dos líneas muy diferentes. Por un lado nos encontramos con lo que es sin duda una buena noticia: la cabal gestión de Feijóo en estos años ha recibido un respaldo mayoritario en el que sin duda se puede leer también un apoyo a las líneas generales de la política de Rajoy y a sus esfuerzos, no siempre afortunados, por reconducir la situación económica.

Como ha dicho el propio secretario de organización del PSOE, Óscar López, este resultado debería reafirmar al Gobierno en todo aquello que le granjea las más duras críticas de la izquierda: la austeridad, la disminución de la maquinaria estatal, la lucha de verdad contra del déficit; y también debería hacer desaparecer, al menos en parte, los complejos que hasta ahora parecen atenazar parte de la acción del equipo de Rajoy.

Es, además, un triunfo personal muy importante del candidato popular, que ampliando su mayoría en estas circunstancias tan complejas se coloca, sin duda, como uno de los grandes referentes de su partido: Feijóo es, en estos momentos, un hombre que puede aspirar a todo.

Sin embargo, mirando al otro escenario electoral de esta noche la noticias no sólo no son buenas sino que bien podrían calificarse de dramáticas: la irrupción de Bildu, aunque no haya respondido a las peores expectativas, y el buen resultado del PNV configuran una abrumadora mayoría independentista en el parlamento vasco: 48 de 75 escaños.

El partido al servicio de ETA ha alcanzado, además, algunos logros en absoluto desdeñables: es la fuerza más votada en Guipúzcoa, la segunda en Álava –algo que no había ocurrido nunca– y Vizcaya, y supera en un 50% el mejor resultado de cualquier franquicia de la banda terrorista en toda la historia de la democracia.

El panorama que se abre en el País Vasco es, por tanto, desolador: con los partidos constitucionalistas en franca retirada tanto moral como electoral; con un PNV muy nacionalista y que se verá empujado a ser todavía más radical por la tremenda presencia de Bildu en las instituciones; y, sobre todo, con un cuarto de la sociedad vasca que no tiene empacho alguno en dar su voto a un partido que no es sino la extensión de una banda terrorista que acaba de dejar de matar, que no se arrepiente de sus crímenes y que, por si acaso, guarda las pistolas para seguir disfrutando del poder intimidatorio de la violencia.

Son los ingredientes de una receta que parece abocarnos a un escenario de confrontación como el que se empieza a vivir en Cataluña gracias al reto de Artur Mas, que sin duda habrá recibido con satisfacción estos resultados y estará convencido de contar con buenos socios para su órdago independentista.

La inestabilidad y los problemas que van a causar estas comunidades son, por supuesto, una pésima noticia para la economía española y una traba extraordinaria para la tan necesaria generación de confianza; pero son algo mucho peor: un reto que amenaza la propia existencia de la Nación, al que de una vez por todas los poderes del Estado han de prestar toda la atención. 

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