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Zoé Valdés

El bello Antonio

Qué clase de cara tiene Antonio. No es que sea bello, que no lo es, aunque va de eso, es que tiene la cara de concreto armado.

Qué clase de cara tiene Antonio. No es que sea bello, que no lo es, aunque va de eso, es que tiene la cara de concreto armado.
Pedro Sánchez. | EFE

El bello Antonio (1960) era una de las películas preferidas de mi madre: dirigida por Mauro Bolognini e interpretada por Marcelo Mastroianni y Claudia Cardinale, tuvo mucho éxito en la Cuba castrista antes del Quinquenio Gris de los 70, cuando sobrevino la prohibición soviética de aquellas picantes películas italianas.

El drama va de las tribulaciones de Antonio Magnano, bello joven que vivía en Catania, en la Italia de Mussolini, era como una especie de Don Juan y así andaba por la vida; hasta que por fin desposa a la joven y hermosísima Bárbara, hija de un rico notario. Pero después de tres años de matrimonio no puede consumar el acto sexual con la esposa, y es entonces que empieza a extenderse el rumor de que es impotente. O sea, ¿de qué le valía a Antonio ser bello, si no servía para nada de la cintura para abajo?

No usaré parábolas ni parodias, iré directo: en Italia han confundido a Pedro Sánchez con Antonio. Después han querido arreglarlo, pero no, fue tal cual lo vimos en el vídeo. Lo confundieron con Antonio. Los italianos saben con quién confundir a cada quién, es más, manejan mejor la confusión que el acierto. Pedro, entonces, para los italianos es Antonio. Y ahora también para los españoles y para el resto del mundo seguirá siéndolo.

El caso es que Antonio habló el miércoles y expresó desde la tribuna que desde que está en el poder mediante moción de censura y gobernando con comunistas y terroristas no le caen más desgracias a España porque no le cabrían en el pecho ni al mismísimo King Kong: el volcán, la pandemia, la guerra… Y poripallá.

Qué clase de cara tiene Antonio. No es que sea bello, que no lo es, aunque va de eso, es que tiene la cara de concreto armado. Enumerar las desgracias ni siquiera le hace reflexionar un poco en que tal vez sea él quien haya atraído semejante pava y mala onda a su país. Sin embargo, ahí sigue, impertérrito. Sin arreglar nada, porque Antonio no puede hacer otra cosa como no sea destruir. Antonio es impotente de la cintura hacia arriba, sobre todo en la zona del cerebro. Pobre Antonio, tan creído y engreído de bello, y tan estéril.

Antonio daría risa si no fuera tan grave la situación para los españoles. Es el peor presidente en el peor momento, y él lo sabe, y su Gobierno es el peor en lo mismo. No lo digo yo, lo repite la oposición, que sólo hace repetir como loros lo que es evidente: que Antonio no sirve ni para amarrarse los cordones de los zapatos correctamente.

Antonio debiera largarse, pero tampoco lo hará, porque los comunistas no abandonan jamás el poder. A no ser que España entera decida sacarlo desde las calles, día a día, acompañando a los camioneros y a todos los que usan la vergüenza frente al odio.

El miércoles también nos enteramos de que el Gobierno de Antonio va a meter mano en la Filosofía y en otras materias ligadas con la historia. ¿Ya ven lo rápido que deshacen todo? Así ocurrió en Cuba, y desdichadamente este Gobierno no se baja de la huella del castrismo de los 60, década en la que en la isla fueron borrando de un planazo desde la buena educación hasta las palabras que ellos decidieron que clasificaban como burguesas

El odio avanza a pasos agigantados, porque el odio siempre lo tienen ellos, los que como Antonio se creen bellos y no son más que fantoches de una ideología que sólo ha provocado hambre y muerte. Y el rojo Antonio de España no va a ser menos.

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