
El curso político que comienza será testigo de una de las campañas políticas más intrigantes. La intriga y la incógnita estarán, y están ya mismo, en los giros de guión que hará un Gobierno en descenso en las encuestas para llegar con viento favorable al instante decisivo de las generales. La empresa no es fácil. Los obstáculos no van a desaparecer como por ensalmo. La ventaja de partida de la que gozan los que están en el poder, injusta ventaja, si se quiere, pero real, no será suficiente. Y el optimismo antropológico de los presidentes en ejercicio, tampoco. Ni siquiera parece suficiente la capacidad de sobreponerse a la adversidad política que se atribuye, en clave mítica, a un dirigente como Sánchez por aquello de que regresó y triunfó después de una defenestración en toda regla.
El primer empeño del Gobierno será el de modificar percepciones que no son fruto de estados de ánimo temporales, sino de hechos a los que tienen que hacer frente, cada día, el grueso de los ciudadanos españoles. La subida del coste de la vida es una realidad insoslayable, y poca duda hay de que es el lastre que arrastra hacia el fondo a los partidos de la coalición gubernamental, en especial, al que la encabeza. El fenómeno resulta aún más inmanejable políticamente por falta de costumbre: han pasado muchos, muchos años sin que la inflación fuera preocupación y noticia.
Ya ha mostrado el Ejecutivo alguno de los trucos que desplegará para que la inflación permanezca en un modesto segundo plano. Y, sobre todo, para que no se le responsabilice de la escalada de precios. Los tres jinetes del apocalipsis inflacionario que ha designado —la guerra de Putin, las energéticas y petroleras, y el PP—, van a tener que cabalgar día y noche para que la gente acepte que el Gobierno no tiene nada que ver en este entierro de su poder adquisitivo. Y si eso no resulta del todo imposible, sí lo es que acepte que el Gobierno no puede hacer nada. Los ciudadanos esperan que, en una situación así, un Gobierno haga algo, y que lo que haga, funcione.
A la espectacular subida del coste de la vida no se le podrá contraponer ningún programa de espectáculos convincente. Hay percepciones tan punzantes que traspasan cualquier cortina de humo y toda fachada Potemkin. Y algunas surgen en entornos sencillos y cotidianos. Es sabido, por ejemplo, que la visita de Boris Yeltsin a un supermercado norteamericano en septiembre de 1989 acabó con los últimos restos de su lealtad ideológica al comunismo. Hoy, en España, las visitas al súper para hacer la compra no tienen aquella trascendencia histórica, pero socavan, día tras día, la lealtad electoral a los partidos del Gobierno.
