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Jesús Laínz

Perversiones sexuales ministeriales

La aprobación tácita de la pederastia no responde a una tendencia nueva en la izquierda, tradicional defensora del sexo con niños desde hace décadas.

La aprobación tácita de la pederastia no responde a una tendencia nueva en la izquierda, tradicional defensora del sexo con niños desde hace décadas.
La ministra de Igualdad, Irene Montero, comparece ante la Comisión de Igualdad del Congreso. | EFE

No hace tantas décadas que en las iglesias españolas estuvo prohibido que las niñas entrasen en ellas con los brazos desnudos por considerar que provocaban la sensualidad de los hombres. Y una muy conocida organización católica prohibió a sus acólitos durante décadas –ignoro si sigue prohibiéndolo– entrar en ascensores con una mujer, es de suponer que para evitar tentaciones de violación, y a sus acólitas comer plátanos con la mano, es de suponer que por considerarlo una maniobra obscena. Evidentemente, el problema no se hallaba ni en los brazos infantiles, ni en los ascensores ni en los plátanos, sino en las mentes enfermas de quienes impusieron esas normas convencidos de que sus desequilibrios sexuales eran extensibles a los demás seres humanos.

En nuestros días la influencia de las jerarquías religiosas, sobre todo las cristianas, ha desaparecido casi por completo. Pero unas nuevas jerarquías han venido a sustituirlas blandiendo nuevas normas tan irracionales y desquiciadas como aquéllas aunque se las quiera presentar como producto de la razón; y cuyo obligado cumplimiento se pretende imponer con similar furor religioso.

En España es buen ejemplo de ello el Ministerio de Igualdad, que más bien debería llamarse de Sexualidad, dirigido por Irene Montero y un círculo de colaboradoras que han demostrado reiteradamente unas obsesiones sexuales que suponen universales. La lista de iniciativas de nuestras gobernantes y demás evangelistas de la ideología de género es un largo catálogo de desquiciamientos: manifestaciones andrófobas, desfiles grotescos disfrazados de reclamaciones de derechos, presunción de culpabilidad de los hombres por el hecho de serlo, discriminación legal y judicial de los padres, regulación legislativa de las relaciones sexuales, frivolización de la tragedia de la transexualidad, aborto a la carta, sexualización de la educación desde la primera infancia, clases de masturbación para niños, fiestas infantiles de travestis, chochocharlas, talleres para pintarse el coño y mil locuras más que da pena y pereza enumerar. El último paso, por el momento, han sido las declaraciones de Montero, con el tono furioso habitual, proclamando el para ella indiscutible derecho de los niños, las niñas y les niñes de "tener relaciones sexuales con quien les dé la gana, basadas, eso sí, en el consentimiento", lo que atenta contra lo establecido en el artículo 181 del Código Penal.

Esta aprobación tácita de la pederastia no responde a una tendencia nueva en la izquierda, tradicional defensora del sexo con niños desde hace ya bastantes décadas. Por ejemplo, en Holanda aparecieron las primeras reclamaciones de legalización allá por los años cincuenta gracias a la actividad del senador socialista Edward Brongersma, muy interesado personalmente en que sus iniciativas llegaran a buen puerto dada su condición de activo pederasta.

En la década siguiente, sobre todo a partir de los fastos del 68, la izquierda francesa recogería el testigo de la campaña para conseguir su aceptación social. Muchas figuras de la izquierda caviar –como Louis Aragon, Jack Lang, René Schérer, Daniel Cohn-Bendit y los omnipresentes Jean-Paul Sarte y Simone de Beauvoir– escribieron artículos, hicieron declaraciones y firmaron manifiestos en esa dirección, sobre todo en los periódicos izquierdistas Le Monde y Libération. Muy celebrada fue la imagen que publicó Libération el 5 de noviembre de 1978 con el texto Enseñemos el amor a nuestros hijos: una niña de cinco o seis años haciendo una felación a un adulto.

El mencionado Cohn-Bendit, el revoltoso Dani el Rojo del mayo parisino y hoy respetado europarlamentario, publicó en 1975 un libro, Le Grand Bazar, en el que relató sus experiencias sexuales con niños de uno a seis años. Y en una entrevista televisiva en 1982 declaró:

Cuando una niñita de cinco años empieza a quitarte la ropa ¡es una cosa fantástica! ¡Es fantástico porque se trata de un juego absolutamente erótico-maniaco!.

Recogiendo el "consentimiento" mencionado por la ministra Montero, y pasando a otros terrenos no menos resbaladizos, este escribidor recuerda un programa de radio, escuchado hace ya más de una década, en el que se conversaba sobre diversas tendencias sexuales. Un atribulado oyente llamó para preguntar a los sexólogos allí reunidos si su predilección por fornicar con cadáveres, a los que tenía acceso por su trabajo en un tanatorio, podía considerarse tendencia sexual o si, por el contrario, pasaba a la categoría de perversión. Tras sesuda reflexión, algunos expresaron sus dudas, pero la más progresistamente comprensiva de las tertulianas sentenció que se trataba de una opción como otra cualquiera... siempre que mediara el consentimiento previo del fallecido.

Por otro lado, dada la natalidad menguante y el aborto creciente en una Europa que no tardará muchos años en quedar vacía de europeos, en breve asistiremos a la legalización de modelos de familia nunca vistos por aquí. Entre ellos, naturalmente, la poligamia, legal desde hace muchos siglos en el mundo musulmán. Tan solo se necesita el porcentaje parlamentario adecuado. No tardaremos en verlo.

¿Sucederá lo mismo con el incesto? De momento, las juventudes del Partido Liberal sueco han propuesto la legalización de la necrofilia y el incesto. El principal argumento de los promotores consiste en que, por inusual y repugnante que puedan parecer dichas conductas a la mayoría, la ley no tendría que entrometerse en asuntos tan privados. Según parece, la propuesta no ha sido bien recibida por los veteranos del partido, a los que han respondido las nuevas generaciones que, cuando ellos propusieron la legalización del matrimonio homosexual también se encontraron con la oposición de la generación anterior, por lo que no parece arriesgado suponer que, una vez más, lo que hoy provoca incomprensión será tolerado dentro de pocos años. Impecable argumento.

Tangencialmente, quizá sea necesario mencionar que este mismo sector joven de dicho partido propuso hace unos meses modificar la bandera de su país mediante la eliminación de la cruz, "símbolo de opresión" que preferían ver sustituido por "el multiculturalismo y la tolerancia". ¿Por qué será que estas cuestiones siempre acaban yendo de la mano?

Ya en 1968 los padres fundadores parisinos nos regalaron aquel célebre "Plus je fais l'amour, plus j'ai envie de faire la révolution. Plus je fais la révolution, plus j'ai envie de faire l'amour" ("Cuanto más hago el amor, más ganas me entran de hacer la revolución. Cuanto más hago la revolución, más ganas me entran de hacer el amor"). Y el réprobo Gómez Dávila nos recordó, con la concisión del genio, que la divisa para el joven izquierdista es "revolución y coño".

Un futuro apasionante nos espera a la vuelta de la esquina.

www.jesuslainz.es

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