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Luis Herrero Goldáraz

Aborto, o el problema de la coherencia

Lo que me demuestra el debate del aborto es lo difícil que es ser consecuente con nuestras convicciones cuando sus aristas no nos son satisfactorias.

Lo que me demuestra el debate del aborto es lo difícil que es ser consecuente con nuestras convicciones cuando sus aristas no nos son satisfactorias.
Pancarta contra el aborto, dirigida a PP y PSOE, en la concentración por la vida. | EFE

El otro día, hablando del asunto del aborto, Raúl Vilas me dijo algo en lo que creo que tiene razón. Me dijo que se trata de un debate superado por la falta de coherencia de los provida, ya que ni siquiera ellos se ponen de acuerdo a la hora de pedir de forma unánime la prohibición del aborto en todos los supuestos. La cosa tiene sentido. Si entendemos el aborto como la colisión entre los derechos de la madre y los derechos del no nacido, es lógico que parezcan más consecuentes quienes anteponen a la primera en todo caso que quienes anteponen al segundo sólo en algunos de ellos.

Aunque los provida no se quieran enterar, lo que hace hoy más sencillo reivindicar el derecho al aborto que el derecho a la vida es que hace tiempo que ellos mismos aceptaron el consenso unánime que falló a favor del primero, aunque sólo fuese en algunos supuestos extremos. En ese momento, automáticamente, el segundo quedó vacío de sentido. Y tiene lógica que así fuese, además. Si el no nacido es vida humana y la vida humana debe ser defendida siempre, el no nacido debe ser defendido incluso en el caso, por ejemplo, de que la madre haya sido víctima de una violación. De lo contrario, si el no nacido no es defendido entonces, o no es vida humana o quien lo defiende en otras circunstancias está cayendo en una contradicción.

Pese a todo, lo que mueve a los provida a intentar reabrir el debate de cuando en cuando es la contradicción, diferente y más compleja, que perciben en quienes defienden el aborto.

Consideran los provida que no se ha respondido satisfactoriamente a la pregunta más importante con respecto a este asunto. Que, en lugar de continuar planteándosela, los proabortistas han preferido correr un tupido velo para vivir sin demasiadas desgarraduras de conciencia. Y que mientras esa pregunta no sea respondida, abogar por el aborto será siempre una irresponsabilidad moral. La pregunta, evidentemente, es si en el vientre de la madre hay vida humana o no la hay. O, por usar otra variante expresada con brillantez por Arcadi Espada: "¿Qué es latir?". De la respuesta que le demos a esa pregunta se derivan una serie de consecuencias lógicas con las que deberíamos ser consecuentes también.

Existen quienes dicen que un embrión, e incluso un feto, es un cúmulo de células como las miles que matamos a diario haciendo cosas tan triviales como rascarnos la piel. Pero esa respuesta no es del todo satisfactoria porque no tiene en cuenta el problema de la potencialidad. Sabemos que todo embrión será, con absoluta seguridad, un ser humano. Pero delimitar en qué momento lo empieza a ser, es decir, en qué momento de su gestación podemos comenzar a considerar una aberración matarlo, es un ejercicio tan complicado que termina cayendo en la arbitrariedad.

También están los que, como Espada, prefieren preguntarse qué es latir. Pero si el latido no es lo que identifica al humano, si hacen falta otras características para poder comenzar a considerar al humano como tal, será necesario consensuar cuáles son exactamente, antes de ponerse a legislar. ¿Qué diferencia a un feto, o incluso a un embrión, de cualquier persona impedida, de alguien sin memoria ni capacidad de habla, por ejemplo, que necesita de los cuidados constantes de una tercera persona para poder sobrevivir?

Comienzan entonces las preguntas enlazadas. ¿Acaso lo que nos hace humanos es haber vivido? ¿Vale más alguien con pasado que alguien con futuro? ¿Qué pasado tienen los bebés? ¿Es necesaria la consciencia, el uso de razón? ¿Qué somos entonces cuando dormimos, o cuando no pensamos, o cuando hemos sucumbido a la locura de la sinrazón? ¿Un humano es sólo aquel con quien podemos identificarnos, con quien podemos empatizar, a quien podemos ver y comprender? ¿Qué significa que algo sea? ¿Y que algo vaya a ser? ¿Debe la vida humana ser defendida siempre? ¿Cuándo no? ¿Dónde está la frontera, el límite absolutamente claro en el que podamos coincidir?

Ser consecuentes con la defensa del aborto debería terminar obligando a muchas personas a abrir otros debates escabrosos. Y a defender posturas tan extremas a día de hoy como, se me ocurre, la opción de que terceros puedan decidir unilateralmente sobre el derecho a la vida de aquellos enfermos irremediables, sin identidad ni memoria, que caigan en su cuidado y les dificulten la vida en contra de su voluntad.

A mí lo único que me demuestra el debate del aborto es lo difícil que es ser consecuente con nuestras convicciones cuando sus aristas no nos son satisfactorias. A día de hoy, dudo que yo mismo lo sea de verdad.

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