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Cristina Losada

Feijóo y el tercer ciclo

¿Existe hoy una demanda de reformas como la que se vislumbraba entre 2015 y 2016 o ha quedado tan obsoleta como las airadas condenas al bipartidismo?

¿Existe hoy una demanda de reformas como la que se vislumbraba entre 2015 y 2016 o ha quedado tan obsoleta como las airadas condenas al bipartidismo?
Feijóo muestra el Plan de Calidad Institucional | EFE

En la docena de años que siguieron al mazazo de la gran recesión, se pueden apreciar dos grandes ciclos en la política española. El primero estuvo dominado por las urgencias que planteaba la situación económica, y tuvo su traducción política y electoral en la salida del PSOE del poder, tocado y hundido por Zapatero, y en la llegada, con mayoría absoluta, del PP de Rajoy. En el segundo, estallaron dos asuntos de muy distinta naturaleza: el submundo de la corrupción y el golpe separatista. Ambos tuvieron efectos electorales que, combinados, condujeron a la pérdida de confianza en los dos grandes partidos y a la entrada en la arena de nuevas fuerzas cuyo común denominador era el rechazo del modelo político implantado, al que llamaron, con afán peyorativo, el bipartidismo.

Antes de sentenciar que nada queda de todo aquello o que nada ha sido como se esperaba, cosa que suele ocurrir, hay que decir que de aquellos clamores contra la corrupción, que sonaban intensos y generalizados, provienen el actual Gobierno y su alianza Frankenstein. Pero sólo porque los tomaron como pretexto y fuente de legitimación. No porque se propusieran hacer lo necesario para prevenir una abundancia de casos de corrupción como la que tuvimos, y como la que posiblemente volvemos a tener. De ahí que nada hayan hecho ni proyectado para sellar las grietas por las que se cuelan las prácticas corruptas. Bueno, sí, han regalado, y se han regalado, una bonita rebaja de la malversación.

Durante el largo segundo ciclo, parecía por momentos que se iba a configurar un tercero cuyo empeño fuese reformar. Reformar aspectos del sistema político y, sobre todo, "despolitizar": poner freno a la colonización partidista y tener, por fin, un entramado institucional y unas administraciones públicas propias de una democracia liberal. Un ciclo que tuviera como guía tres conceptos: independencia, autonomía y meritocracia. Pero no. El tercer ciclo no se llegó a abrir. Quedó pendiente. Quedó en el aire, desvaneciéndose como la estela de un avión que ha pasado hace tiempo y al que ya no se ve. ¿Habrá pasado definitivamente la oportunidad? ¿Existe hoy una demanda de reformas como la que se vislumbraba entre 2015 y 2016 o ha quedado tan obsoleta como las airadas condenas del bipartidismo de entonces?

De cómo sean las respuestas a estas preguntas dependerá el éxito del Plan de Calidad Institucional que acaba de presentar el líder del PP. Dependerá de que la demanda de reformas persista y de que Feijóo logre que su partido tenga credibilidad en tales materias. Pero es posible que nos encontremos, si esto va en serio, con una paradoja divertida. Que el modelo que los nuevos partidos quisieron enmendar y no enmendaron, vaya a tener que corregirlo uno de los viejos pilares del bipartidismo.

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