
Ayer empecé a comprender muchas cosas que había visto y sentido, pero sobre las que no había reflexionado. Una de ellas fue mirar a mi alrededor y ver cómo multitud de hombres se encuentran solos como perros abandonados: hombres alegres, fuertes y expansivos, hombres de carácter que se atreven a mostrarse como son. Por ejemplo, en mi bloque de viviendas hay un montón de hombres solitarios que se encuentran sin mujer y/o sin familia, que recurren a prostitutas o amigas ocasionales y que salen a la calle como fantasmas para comprar una cerveza en el Späti de al lado, para acudir a los bares o a locales de apuestas deportivas, a cualquier lugar donde encontrar alguien con quien comunicarse. A menudo fuman sus cigarrillos frente al portal, para tener la ocasión de encontrarse con alguien y poder sostener un poco de conversación.
El aislamiento social lo sufren sobre todo los hombres que provienen de países islámicos, pues se ven rechazados sistemáticamente por las mujeres y desdeñados sutilmente por los hombres situados en puestos de conveniencia dentro de esta sociedad nórdica supuestamente tan tolerante. No, el problema no está en el Migrationshintergrund, en la etnia o religión, en el color de la piel, en la falta de educación y posición social o en los traumas que arrastran desde las zonas de conflicto. Tampoco está en el machismo que secretamente se les achaca —aunque nunca públicamente porque hay que ser amables, pero discretamente distantes, con esos hombres que llegaron jóvenes de países no muy recomendables—. Son los que han luchado por proteger y sacar adelante a sus familias, los que han bregado por sobrevivir y luego, aprovechando cualquier oportunidad como la aprovecharíamos nosotros —como de hecho la aprovechamos en la emigración a América—, han dejado atrás amigos, familia y costumbres para viajar hacia lo incierto. Suelen ser hombres, y no mujeres, aunque a las feministas les gustaría que hubiera paridad también en ese aspecto. Seguramente que, si pudieran, impondrían listas equitativas en los correspondientes países de los que salen los emigrantes antes de impulsarles a la inmigración ilegal... Hasta tal punto puede llegar la obsesión por estos temas que no ven más allá.
El sufrimiento de estos hombres es lo que percibo a mi alrededor en esta sociedad nórdica tan avanzada. La desolación, el abandono, la cancelación y el aislamiento consiguiente no se limita a las grandes ciudades donde uno se pierde en las distancias y en las largas esperas meditativas de los transportes públicos. Hay un silencio mortal en los vagones del metro o cercanías, y los únicos que hacen bulla son los turistas pasmados por la novedad. Quizás pudiera arreglarse todo ese mal rollo con un poco de desenfado y amistad, conversaciones distendidas o simplemente mediante provocaciones calculadas para suscitar una saludable reacción... Tal y cómo se hace (o se hacía) en América Latina, dónde al parecer (y hasta ahora) no ha surgido ningún problema de integración entre razas y culturas, al contrario. Otra cosa son las diferencias sociales y económicas que, lo admito, son allí más evidentes que en Europa. De todas maneras, que nos den tiempo.
No nos imaginábamos que existía otro fantasma que el de la pobreza o el trabajo brutal. Dábamos por sentado que la amistad, la comunicación, la interacción entre hombres y la solidaridad fraternal que surge entre los "oprimidos" (como dice Hannah Arendt) los haría sostenerse en las penalidades del exilio. Pues si esto es verdad, no ha sido suficiente; siento decir que el aislamiento social es una de las lacras de las sociedades muy desarrolladas y que, si se me permite, son los hombres los que más lo sufren, hombres que se han atrevido a salir de su zona de confort, absolutamente normales, educados para ser hombres y manifestarse francos o naturales tanto en el trato entre ellos como con las mujeres. Y no hablo solo de los emigrantes. Solo veo hombres a mi alrededor en esta situación, sufriendo depresiones que no tienen nada que ver con "traumas infantiles", sino exclusivamente por el rechazo que sufren en la sociedad moderna y en sus mujeres "empoderadas". Alguna que otra mendiga se suma a esta multitud de hombres para demostrar así que la mujer, si se lo propone, puede ser tan desgraciada como el más desgraciado de los hombres... Lo mismo que, al parecer, los medios de comunicación quieren probar con el fútbol femenino, que la mujer puede ser igual de potente, popular y decidida que esos jugadores que se abrazan entusiasmados en los campos de fútbol para regocijo de los espectadores. A pesar del fracaso de público y afición, el fútbol femenino se sigue promocionando contra viento y marea, porque, ya lo sabemos, hay que domesticar a ese personal masculino que no pasa por el aro. Y en ese proceso de domesticación estamos todos, unos más otros menos, incluyendo a las mujeres que se resisten, por amor a los hombres, a adoptar esta táctica.
Todo esto tiene como consecuencia una fractura cada vez más acentuada dentro de las sociedades modernas, un aislamiento creciente que el ciudadano común trata de paliar con alcohol, tabaco o pastilleo diverso, con comercio carnal o espectáculos denigrantes, etc. Pero nada llena, nada satisface, todo destruye; y va creciendo una agresividad, una rabia y una desesperación que un día, aquí y allá, estalla en forma de atentados inexplicables y solitarios, perpetrados por hombres solitarios; de hombres desgarrados que no pueden, que no han podido más. No, la lacra de nuestras "sociedades avanzadas" que tanto alabamos con sus criterios igualitarios y tolerantes es, si se me permite decirlo, el aislamiento social que calladamente envuelve a muchos, pero especialmente a los hombres discriminados, apartados, ninguneados y despreciados. Es la cultura de la cancelación mediante las redes sociales que propugnan feministas y LGTB y a la que se avienen algunos gobiernos demasiado complacientes y bastante hipócritas, para dejar fuera a aquellos que se consideran "políticamente incorrectos". Un día, me temo, les va a estallar en la cara.
