
Dicen en el Partido Popular, y dicen bien, que si todo el voto de Vox se hubiera dirigido al PP se habría superado holgadamente la mayoría absoluta y Núñez Feijóo sería el próximo presidente del Gobierno de España.
Cierto es. Y si todo el dinero del Wyoming se hubiera dirigido a mi cuenta bancaria, yo sería millonario y no tendría que volver a trabajar. En ambos casos, el resultado final depende de que se cumpla la condición de inicio, sin la cual el resto de la frase es simplemente ruido vacuo que sume en la melancolía y la frustración, porque ni todo el voto de Vox va a volver al PP ni yo voy a tener jamás el dineral del que disfrutan los caricatos comunistas. Habrá que ser realista, entonces, aunque solo sea para dejar de hacernos daño a nosotros mismos con ensoñaciones interesadas que no van a ninguna parte.
En el Partido Popular aún no se han planteado una cuestión esencial: por qué tres millones votantes se le han ido al partido de Abascal, después de llevar toda la vida metiendo en la urna la papeleta de la gaviota. No han estudiado ese fenómeno, tal vez porque el resultado les obligaría a llevar a cabo un cambio de rumbo ideológico al que los dirigentes populares no están dispuestos. Prefieren ejercer de funambulistas de la política, a la espera de un error garrafal de la izquierda que los lleve al Gobierno, en vez de combatir de frente al adversario y ganar las elecciones por derecho, tras convencer a la mayor parte de la sociedad de que sus ideas son mejores que las que trata de imponer la izquierda a sangre y fuego.
Vox es el PP sin complejos, por eso se ha llevado una cuarta parte de sus votos y varias decenas de escaños. Si Feijóo quiere recuperarlos, tal vez la vía más inteligente no sea la de insultar a sus exvotantes, como llevan haciendo varias semanas, sino llegar a acuerdos con los de Abascal sin pedir perdón a la izquierda, con el orgullo de estar haciendo lo mejor desde la convicción de compartir con ellos el sustrato ideológico más fecundo.
Es descorazonador, y bastante ridículo, ver a los dirigentes más aggiornatos del Partido Popular insistir en los argumentos izquierdistas para denigrar a los votantes de Vox, los únicos que pueden llevar a Feijóo a La Moncloa. En el PP opinan que su victoria inapelable llegará a través de un caudal torrencial de votantes arrepentidos del PSOE, que votarán en masa al PP tras despertar de la pesadilla del sanchismo. No se enteran de que los votantes socialistas están encantados con Sánchez y de que el único reproche que pueden hacerle en el futuro es que no sea suficientemente ultraizquierdista o lo vean flojear en su odio patológico hacia el PP, (o sea, el fascismo), base esencial que actúa como argamasa en el bloque que lo mantiene en el poder.
Los dirigentes populares colaboran en esta campaña de autoodio tratando de redirigirlo únicamente hacia Vox, una estafa colectiva que se ha hecho especialmente presente desde que María Guardiola puso en marcha su campaña antifascista. Una operación relámpago, la de la dirigente extremeña, gracias a la cual ha conseguido dos importantes hitos: hacerla a ella presidenta y evitar que en el futuro lo pueda ser Feijóo.
