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Luis Herrero Goldáraz

Un simple paso, quizá

Lo que me pregunto es si quien mata por primera vez sabe a dónde se dirige cuando compra el billete.

Lo que me pregunto es si quien mata por primera vez sabe a dónde se dirige cuando compra el billete.
Daniel Sancho con la policía tailandesa. | Efe

Si algo he comprobado estos últimos días es que somos pocos, desde luego, cada vez menos, pero todavía quedamos algunos desgraciados para los que Tailandia sigue siendo un lugar imaginario. Qué le vamos a hacer, no tenemos viajes a nuestras espaldas. No hemos visto amanecer en la cima del Kilimanjaro ni percibido a Dios en la mirada de ningún mendigo de Calcuta. No atesoramos anécdotas como si fuesen pastelitos a los que recurrir en los postres. Ninguna experiencia trascendental nos ha cambiado la vida a cientos de kilómetros de nuestra despensa, que ahora que lo pienso está ya casi vacía y deberíamos ir pensando en rellenarla. Nuestra falta de mundo no nos ha abierto la cabeza. Y sin embargo, curiosamente, nos ha dejado intacta la imaginación, algo demasiado desbordante y pueril si lo que queremos es divagar acerca de truculentos crímenes a orillas de una isla en el último confín del universo.

Otros ya no pueden entendernos. Leen acerca de un asesinato en Koh Pha Ngan y son capaces de situarlo en el mapa. Se recuerdan allí, incluso. Sienten la humedad en los brazos y reconstruyen el trayecto del asesino como si nunca hubieran abandonado la isla. Conocen el escenario, han paseado por él, así que durante un instante la intensidad de compartir lo conocido les embriaga. Después la cotidianidad les pierde. Saben que no hay misterio en esas playas y entienden mejor que nosotros que ningún crimen es excepcional si ocurre en paisajes accesibles. No hay nada exótico en matar, sugieren. Ni siquiera aunque se haga en un lugar tan alejado que parece inventado. Sólo hay miseria y degradación. Una ruptura del alma morbosa e incomprensible. Un simple paso, quizá, tan absurdo e intrascendente que podría darse en cualquier sitio.

Los paletos como yo, por el contrario, seguimos condenados a acercarnos a estos sucesos como quien se acerca a una novela. Hablamos con nuestros amigos de lugares de la costa asiática como si nos refiriésemos a Macondo, o a Euskal Herria. Nos vienen a la cabeza parajes remotos, ubérrimos y utópicos, de los que no existe réplica exacta en este mundo. Sílabas de una arbitrariedad sonora tan estimulante que podrían ser perfectamente platos de la carta de un vietnamita. Cuadros como de historia de Graham Greene, lejanos y sugerentes, meras excusas para hablar de metafísica. Todo un universo extinto, en definitiva, que se sostiene únicamente en la literatura.

Pero la verdad es que existen. No nos queda otra que reconocerlo. Existen y están a un triste viaje en avión. Sólo hace falta embarcar para pisar sus calles y sumergirse en su frondosidad siniestra. No estoy hablando de Tailandia, a estas alturas. Ni siquiera me refiero a ninguna ubicación concreta. Lo que me pregunto es si quien mata por primera vez sabe a dónde se dirige cuando compra el billete. Qué pensará cuando comprueba que no hay manera de volver. Cómo será el paisaje que le acompañará mientras viva. Cuánta distancia separa todo lo que podamos imaginar de la realidad funesta que es saberse un asesino. Supongo que siempre queda algún lugar al que hasta los más viajeros sólo pueden conocer de oídas.

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