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Mario Garcés

Gambito de rey Felipe

Sea la propuesta por certeza o la propuesta por probabilidades, existe un riesgo real de que no prospere el nombramiento del candidato seleccionado.

Sea la propuesta por certeza o la propuesta por probabilidades, existe un riesgo real de que no prospere el nombramiento del candidato seleccionado.
El rey Felipe VI durante la entrega de la Medalla del Congreso de los Diputados a los presidentes de la Cámara | Europa Press

Han transcurrido cuarenta años desde que Fernando Arrabal —absténganse de leer Abascal o Amaral— ganase el Premio Nadal con La torre herida por el rayo, una novela que enfrenta a dos campeones del ajedrez a través de la reconstrucción y némesis de los recuerdos erráticos que rememoran entre jugada y jugada. Eran años en que los premios literarios eran premios de verdad y no brozas comerciales de consumo estéril. Fue en 1982 cuando Felipe González ganó las elecciones por mayoría absoluta, cuando asomaba por el balcón de Ferraz la sombra de Alfonso Guerra y no la silueta briosa de María Jesús Montero. Para los votantes nostálgicos de aquellos años, de izquierda y de derecha, pierdan la esperanza de que el socialismo de la desglaciación tardofranquista vuelva a existir. Quien lo piense y actúe como tal, solo puede ser un melancólico o un ingenuo.

En aquel fastuoso año del socialismo, treinta años anterior a Sánchez, Juan Carlos I despachaba con el ganador de las elecciones para abrir el turno de consultas que llevarían a la designación en Cortes del presidente del Gobierno. La mayoría absoluta y el latifundismo de partidos simplificaban el trámite, un año después de que Tejero y Armada la liasen en la Carrera de San Jerónimo. El republicanismo catalán era una anécdota preguerracivilista y el regionalismo catalán burgués era un adaptador de intereses que no se compadecía mal con el poder central.

Todo ha cambiado cuatro décadas después. El nacionalismo catalán burgués es una versión estremecida de Barbie-Puigdemont en el mundo irreal de Waterloo que busca la forma de encontrar el camino para dirigirse al mundo real en busca de la felicidad independentista. Y se ha abierto el camino tras las últimas elecciones generales en las que, por un triste acopio de errores y extravagancias, el nacionalismo laminado se ha convertido en la pieza determinante para la formación de Gobierno. Hay una conversación entre dos protagonistas de la novela que bien podría equivaler a una cita en Marsella entre Bolaños y el catalán errante: "-Calla, no chilles, nos van a oír, la gente está pasando al lado./-Te he dicho que me digas que me quieres./-Ya lo sabes./ -Mejor dicho, dilo de verdad./-Te quiero./-Así no; dilo mejor o te abro la cabeza".

Cuando se abra el periodo de consultas, en un España que vive ya en el filo de lo imposible y en el vilo de la inestabilidad política, lo que nunca tenía que haber ocurrido, Felipe VI tendrá que proponer al Congreso de los Diputados el candidato que reúna los apoyos suficientes para formar Gobierno. Gambito de Rey frente a jaque al Rey. Vaya por delante que será un error, y comienzo a contemplar síntomas inequívocos de que el error se va a cometer por ambos lados, de someter a una presión innecesaria a la Casa Real. La función de Felipe VI es una función reglada en el artículo 99 de la Constitución, consistente en la propuesta de un candidato sobre la base de las consultas que lleve a cabo con los representantes electos en Cortes. No designa sino que propone. Y nada más. De modo que se abstenga nadie de someter a un estrés indebido a quien, por otro lado, no tiene otras competencias que las que se establecen en la Constitución.

En ese sentido, la apertura del movimiento de ajedrez, el gambito, tiene por objeto poner en marcha el procedimiento para la designación en Cortes del Presidente del Gobierno. Ahora bien, la situación para definir la propuesta, con los límites y con el alcance restringido que este paso tiene, entraña un dilema sorprendente que habrá que despejar en los próximos días sobre la base de la lógica jurídica. Puede resultar que Alberto Núñez Feijóo comparezca con el apoyo de sus diputados y con los diputados de Vox, amén de algún voto individual que le permita obtener un respaldo de 172 votos a favor. La constatación de que ese apoyo se va a producir la podrá validar su Majestad a partir de los despachos que el monarca tendrá con cada una de las fuerzas señaladas por el presidente del Partido Popular.

Sin embargo, en el caso de Pedro Sánchez, el caso probablemente sea muy distinto. Es previsible que aspire a presentarse y se presente con el apoyo de toda la diáspora de formaciones políticas que le permiten sumar más de 176 votos a favor. En cambio, es previsible también que alguno de esos grupos no asista al trámite de despacho, por antimonárquicos o por indisposición institucional. Surge así un dilema de difícil solución práctica: ¿debe el Rey basar su propuesta en un cálculo de certezas sobre la base de las conversaciones mantenidas con los grupos asistentes o debe Felipe VI llevar a cabo la propuesta sobre la base de un cálculo de probabilidades a partir de la presunción de que los apoyos con los que cuenta Pedro Sánchez son ciertos a pesar de no poder validarlos materialmente por ausencia de los grupos inasistentes?

La cuestión no es baladí pero no deja se ser un asunto circunstancial en el entendimiento de que la designación efectiva del presidente del Gobierno se llevará a cabo en el Congreso. En cualquiera de los dos casos, la propuesta por certeza o la propuesta por probabilidades, existe un riesgo real de que no prospere el nombramiento del candidato seleccionado. De ser así, no deberíamos achacar al Rey ningún reproche. Siempre Gambito nunca jaque. No en vano, el título de la obra de Arrabal arranca del arcano XVI del Tarot: "Megalomanía, persecución de quimeras y estrecho dogmatismo". Eso mismo, la pretensión del divergente Puigdemont. Mártir o héroe. España en manos de un Oppenheimer fugado y con ánimo de ser redimido.

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