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Juan Cermeño

Hijos de 'perra'

Algún ingenuo piensa que entregarse al cánido colmará su sed de amor. Lo más parecido a esto es un árbol de hojas verdes y raíces podridas.

Algún ingenuo piensa que entregarse al cánido colmará su sed de amor. Lo más parecido a esto es un árbol de hojas verdes y raíces podridas.
Perro. | Pixabay/CC/moshehar

El domingo fui a almorzar, al resguardo de la lluvia, a uno de esos locales para pijos anticapitalistas y bohemios burgueses del centro de Barcelona. Mientras navegaba por la carta apareció una pareja con dos perros pequeños, de esos que ladran y perforan tímpanos. Al abrigo del calor del local, sacudieron sus pulgas y la humedad que los calaba hasta las cejas. No tardó en oler a perro mojado y metí la nariz dentro del café para anestesiar a mi pituitaria quejumbrosa, pero esos dos no iban a dejar que me librara tan fácilmente de ellos, y acto seguido comenzaron a pulular entre mis piernas.

Comenzó a llenarse el local y todos desfilaron mostrando sus respetos a los canes, como si de la cohorte del Rey Sol se tratara. El camarero también sucumbió a sus encantos, cubriéndoles de amor a manos llenas. Manos con las que fue sirviendo la comida a continuación. No me considero escrupuloso, pero cuando te sirven soy partidario del exceso de limpieza en lugar del defecto: para ensuciarse, siempre está uno mismo.

Me gustan los animales, en especial los salvajes, a los que profeso gran respeto. A los perros siempre les reproché en secreto que claudicaran ante el hombre, que sobornó a su dignidad y porte lupinos con las sobras de sus festines. En todo caso, aprecio esa fidelidad y cariño incondicionales, y cuando el ritual social lo merece, nunca faltan las carantoñas de rigor.

Mi chica tiene dos, de buen tamaño. A veces, el afecto desordenado de la gente convierte sus paseos –los de las perras– en pasarelas de moda. A cada rato, nos detenemos al asalto de una manifestación compulsiva de cariño que cuesta ver entre seres humanos. Los pasos de cebra se convierten en un tercer grado sobre la vida y milagros de las perras, y lo único que les falta a algunos es implorarnos de rodillas su adopción. Lola y Lana –así se llaman– están muy bien educadas y aguantan con dignidad la invasión de su espacio perruno. No mendigan carantoñas de los desconocidos y cuando éstos se lanzan a dárselas, ignoran esas manos que no paran de sobarlas con un gran saber estar, mirando al infinito y esperando a que el disco cambie de color.

Cuando cruzamos y dejamos atrás a los espontáneos de turno –a alguno se le dibuja una mueca de desagrado por no dejarle terminar el bochornoso espectáculo de mimos–, pienso por qué desbordamos nuestros afectos con los canes y odiamos el llanto de un niño o su presencia en hoteles y restaurantes. O colocamos la alfombra roja y colmamos de afectos al perro que sale a nuestro paso y no nos detenemos a admirar el milagro de un neonato y sus ojos abriéndose al mundo. O nos indignamos ante el maltrato animal y defendemos al día siguiente un aborto libre sin contemplaciones.

Supongo que todo se resume en miedo. El cariño perruno es cosa matemática de lógica infalible, tan sencilla como un mecanismo: das comida y cariño, recibes cariño y fidelidad. Necesitamos amar como respirar, comer y dormir. Y aunque el primero trasciende el carácter de los otros, hay quienes hacen de los afectos un asunto fisiológico. Consumen amor como quien juega a Los Sims, ese videojuego donde manejas a seres humanos como marionetas y unas barritas de colores se vacían y llenan en función de las necesidades que tienen y debes satisfacer. Y ahí está ese fiel compañero, siempre a nuestra disposición, para recibir arrumacos y devolver lametones cuando nosotros estimemos oportuno. Algún ingenuo piensa que entregarse al cánido colmará su sed de amor. Lo más parecido a esto es un árbol de hojas verdes y raíces podridas.

El amor de un ser humano es una búsqueda del tesoro con muchos naufragios, donde se encalla y cae en tinieblas con facilidad. Está sujeto al rechazo y al odio –que les pregunten a los padres de adolescentes–. Precioso y terrorífico a partes iguales, su balanza se decanta a elección nuestra: el valor del amor es el miedo que éste vence. Nunca es cómodo ni se somete a nuestros caprichos, y no depende de horarios. Quizás por eso los niños lloran en cualquier momento del día y no existen hoteles para deshacerse de ellos. Al cariño que venden muchos padres de perros se le cae la máscara cuando se deshacen del animal en vacaciones –hotel o carretera, según– o lo abandonan a su suerte todo el día en un piso, reclamando su cariño en las horas finales. ¿En qué cabeza y corazón caben hacer eso con alguien que amas?

Creo sinceramente que los propios perros son conscientes de esta locura, y, más listos que los humanos, guardan el secreto y se dedican a disfrutar esa vida que es de todo menos perra. Nosotros prolongamos la farsa, mientras el miedo y la cobardía se nos pegan al corazón y las caricias, carcajadas y lametones enmascaran nuestra sed de amor. Cada día hay más hijos de perra y menos personas. Conviene recordar lo que decía Tamara Falcó en Masterchef: estamos arriba en la pirámide.

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