
Sé, que mi título de hoy, le parecerá demasiado contundente, pero la cosa creo que así lo exige. Tengo la información que cualquier otro español, o sea, la que se transmite por los medios, unos muy creíbles y otros quizá menos; ellos sabrán por qué.
Pues bien, de esas informaciones se deduce, de forma indubitada, que su deseo sería continuar, en el nuevo gobierno, como vicepresidenta, pero desligada del Ministerio de Trabajo, que ha venido ejerciendo hasta el momento presente.
Es esa información, la que motiva el rotundo NO, como español de a pié, pero con una idea clara de lo privado y de lo público. Los poderes públicos, y no me atrevo a llamarles autoridades públicas, porque hay mucho poder que carece de autoridad, tienen restricciones que no se dan en el ámbito privado.
Recuerde la vieja distinción, que seguro le enseñaron en sus estudios de Derecho, entre la potestas –poder– y la auctoritas –autoridad–, que podríamos definirla como crédito y fe que, por su mérito y fama, se da a una persona en determinada materia [R. A. E.].
Quien sólo tiene poder, con gran probabilidad lo ejercerá con excesos, porque su discernimiento se basa en que nadie podrá contradecirle ni siquiera ignorarle. Por el contrario, quien lo ejerciere con autoridad, tiene presentes dos parámetros en constante equilibrio: lo que puedo, de un lado, y lo que debo, de otro.
Así, el poder público, puede permitirse renunciar –dimitir– cuando lo crea conveniente, sin importarle lo que deja atrás, mientras que la autoridad pública, aunque también podría renunciar, asume su responsabilidad ante la sociedad, pues a ella se debe hasta el fin de los tiempos, asumiendo lo hecho y, si fuera el caso, su enmienda.
Pues bien, señora ministra, como resultado analítico, y nada electoral, me permito decirle que usted ha destrozado el mercado de trabajo; destrozado en sus mismas fuentes –oferentes de trabajo (trabajadores), y demandantes de trabajo (empresarios)–.
Ni unos ni otros están seguros del lugar que ocupan. Hasta el concepto de trabajo está tergiversado, limitándolo al de salario, al de horario, o al de simple tarea... Cuando, por el trabajo, es por el que el trabajador se perfecciona como persona, colabora en los fines sociales, desarrolla su capacidad y formación recibidas, y se siente útil a toda la familia humana.
Hasta, ha manoseado tanto la terminología, que ha llamado fijos discontinuos a unas 700.000 personas, que no consiguen convencerse de que no están parados. Realmente, su escasa actividad está más cerca de éstos –de los parados–, que de aquellos fijos que, trabajaban a jornada completa, acumulando años de experiencia y antigüedad. Como consecuencia, lideramos la tasa de desempleo/paro, de la U.E., al tiempo que, nuestros jóvenes, perdieron ya cualquier esperanza de empleo.
Frente a esta desolación, tuvo aún la osadía de presentar, como cualquier cuentista, unas medidas fantasmagóricas que consideraba vanguardistas (?); cómo serían que, el propio gobierno, decidió ignorarlas.
Al final, su solución: que venga otro/a que lo arregle; yo abandono, aunque esto sea propio de mediocres. Mejor ser vicepresidenta, al servicio del presidente.
