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Juan Cermeño

La Constitución destruye la nación

La Constitución no destruye la nación: son los hombres de mala voluntad que la habitan y gobiernan en nuestros días.

La Constitución no destruye la nación: son los hombres de mala voluntad que la habitan y gobiernan en nuestros días.
Miles de personas vuelven a concentrarse en las inmediaciones de la sede del PSOE en la calle Ferraza para protestar contra el golde de Sánchez a la democracia. | Europa Press

Los años de la Transición no debieron ser fáciles. Si uno escucha a los mayores se diría que el derecho, el orden y la ley se abrieron paso a través del plomo, los disturbios y las guerrillas. En el episodio correspondiente del podcast "Memorias de un tambor", su autor, José Carlos Gracia, resume de manera magistral el asunto. Aquellos años los ánimos sublimaban, y quién sabe cuántos disparos, manifestaciones y jaleos faltaron para que reinara el caos. Pero los políticos al frente y el grueso de la sociedad mantuvieron la mente fría, sacando adelante una constitución y convocando elecciones generales libres. Europa nos daba la bienvenida: éramos, al fin, uno más.

Triunfó la "tercera España", como la denominó esta semana Nicolás Redondo Terreros en televisión. No fue sencillo, como sí lo es mirar atrás y criticar, pero eso no es óbice para señalar que el encaje de bolillos constitucional para contentar a la maquinaria nacionalista –llámenlo ingenuidad, consenso o claudicación– estaba cogido con alfileres. Adolfo Suárez, en un discurso televisado donde reclamaba el voto para las elecciones de 1977, ya señalaba que el problema regional continuaba pendiente de solución y prometía colmar las ansias de los pueblos de España para que tuvieran su propia personalidad. En la misma línea se expresó el rey el día que sancionó la Constitución, haciendo referencia a sus grandes demandas para el reconocimiento de sus peculiaridades.

En la carta magna se consumó la contradicción y se fue un paso más allá. Se sustituyó aquello de los pueblos por nacionalidades, en un artículo –el segundo– donde se reconocía su autonomía al mismo tiempo que la indisolubilidad de la Nación española. Nación de naciones, que diría ahora Yolanda, la socialista de Dior. Si uno sigue escuchando a nuestros mayores –civiles y políticos–, percibe una sincera intención de que el experimento funcionara, de una auténtica concordia: las amnistías, la legalización del Partido Comunista, la creación de los estatutos de las autonomías… Es posible que los primeros años fueran un éxito a lomos de hombres de buena voluntad: las autonomías españolas encabezan las clasificaciones de autogobierno, por delante de varias repúblicas federales, y el grueso de votantes actuales de cuarenta y cinco años en adelante defiende a capa y espada la Constitución. Es algo más que una unión jurídica: es sentimental, incluso romántica. ¿Y cómo reprochárselo? Es el documento que representó el final del antiguo régimen y estableció las bases de una larga paz social y años de bonanza económica.

Pero la puerta del tártaro independentista quedó mal cerrada. La Constitución destruye la nación, rezaba una de las banderas españolas desplegadas estos días en Ferraz. La portaban unos chavales que no superarían los veinticinco años. No es de extrañar que las nuevas generaciones renieguen de ella. Son víctimas de su reverso tenebroso. ¿Qué han vivido durante los últimos veinte años? El relato de la izquierda y los nacionalismos dictando qué es constitucional, democrático, políticamente correcto y cancelando a cualquiera situado ideológicamente a su derecha; una nación que se resquebraja en nombre de dicha carta magna, gracias al maridaje entre unos partidos separatistas sobrerrepresentados en las Cortes y unos partidos nacionales premiando su relato antiespañol para sumar sus ansiados escaños. Y estos días, como traca final, los pinitos dictatoriales de un felón más ebrio de poder que Fernando VII y el silencio cómplice de su partido –o esbirros, dadas las circunstancias–. Hace cuarenta y cinco años se activó una bomba de relojería de largo alcance. Hoy estamos en el último minuto de la cuenta atrás, si es que no ha explotado ya.

Las palabras, y por ende las leyes, son imperfectas y siempre estarán sujetas al ánimo del hombre y sus intenciones. Aquellos de buena voluntad no necesitan que la ley detalle todas las conductas injustas, indecorosas y desiguales. Del mismo modo, la maldad siempre encuentra la forma de saltársela. El gobierno sabe de la importancia de la Constitución y del baluarte que representa para buena parte de los españoles. Por ello recurren a todas las argucias, falsos dilemas, neolenguaje, tácticas mafiosas –véase el control del TC– y contorsionismos técnicos posibles para sortearla y que sus desmanes encajen en ella. Parece que un gran número de españoles nostálgicos comulga con su ingeniería política para convertir la carta magna en papel mojado; quizá no tanto con la idea de modificarla, porque eso supondría materializar el final de la Transición. Pero materializado o no, éste ha llegado. La Constitución no destruye la nación: son los hombres de mala voluntad que la habitan y gobiernan en nuestros días. Reza el Evangelio "paz a los hombres de buena voluntad". Como era de esperar, en manos de los otros, encontramos todo lo contrario.

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