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Mario Garcés

Sánchez, el nacimiento de una nación

Sánchez ha iniciado un proceso constituyente nacional, sin que haya sufrido ningún calambre irreparable desde el punto de vista político y sociológico.

Sánchez ha iniciado un proceso constituyente nacional, sin que haya sufrido ningún calambre irreparable desde el punto de vista político y sociológico.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante un acto del PSOE | Europa Press

Es posible que exista en nuestra magra gramática alguna voz que todavía no haya sido utilizada para definir lo que está ocurriendo en España. Periodistas, políticos profesionales que hacen de la ocurrencia dialéctica su forma de vida, analistas necesitados de palabrería exprés. Todos se afanan en vano por buscar una nueva perspectiva para la reflexión. Mientras tanto, Sánchez ha sustituido el "procés" por un proceso constituyente nacional, sin que haya sufrido ningún calambre irreparable desde el punto de vista político y sociológico. Sabe que es dueño del tiempo de la legislatura, como fue propietario de un dominio temporal previo a las elecciones generales del 23J que provocó que, al frente del frente, tuviera opciones reales y irrevocables de gobernar.

Sánchez no es un ingenuo, pero, en cambio, es un ingenio pérfido para dar respuesta a sus aspiraciones individuales. Sus razones son bien conocidas. Pero su desmedido mesianismo no tiene fronteras. En pleno proceso de cuestionamiento de la identidad nacional en nuestro país, se permite objetar del Estado de Israel y promover la creación del Estado de Palestina, con argumentos despreciables donde no tiene reparos en comparar el terrorismo en España con el terrorismo de Hamás.

Un adanista audaz y sin complejos, sin tope a su inveterada ignorancia. Es innegable que en su síndrome de Adán ha hecho suyo también un conjunto de hilarantes y delirantes mentiras históricas, prestadas por el nacionalismo catalán, para hacer causa grosera de una narrativa épica sobre el pasado de Cataluña que es sencillamente insultante. En este sentido, como en la película El nacimiento de una nación (1915) de Griffith, Sánchez está contribuyendo a perpetuar estereotipos grotescos e inverosímiles sobre el nacimiento de una nación, en este caso, la nación catalana. Una obra basada en el supremacismo étnico, en la apología social de la minoría perseguida y elegida, en una narrativa nociva, con toques costumbristas y folclóricos, que persigue revisar el pasado para reescribir la historia sobre un lienzo de falsedades programadas, que hicieron y hacen mella en una parte de la sociedad catalana.

El nacionalismo catalán, como intermitentemente el vasco, han tenido una ligazón endeble con el Estado de derecho y la legalidad constitucional. A partir de un discurso supremacista fundamentado en un etnicismo pertinaz y un victimismo estomagante y ficticio, fraguaron una idea de nación catalana. Una nación elegida y una víctima inocente de la coerción del colonialismo español. "Ser nosotros, esta es la cuestión. Ser catalanes" en expresión de Prat de la Riba. Y si para eso hay que llamar al desacato y a la insurrección para dar cumplimiento al destino romanticista de una nación cultural oprimida, hágase.

La minoría étnica catalana que ensayó embrionariamente la noción de soberanía propia lo hizo, no a partir de una reivindicación de los derechos políticos, sino como una forma de respuesta contra el artículo 15 del Código Civil. Era 1891 y la Unión Catalanista aprobó las Bases para la Constitución Regional Catalana, las Bases de Manresa, porque la codificación civil española les afectaba en lo que más les injuriaba económicamente: las instituciones jurídicas sobre el derecho de propiedad y el Derecho de Familia y de Sucesiones. De allí, todo lo demás en esa declaración inaugural, que, ciento treinta años después, mantiene vigencia para los escrupulosos nacionalistas: "la lengua catalana será la única que podrá usarse con carácter oficial en Cataluña"; "sólo los catalanes, tanto los de nacimiento como los que lo sean por naturalización, podrán desempeñar cargos públicos en Cataluña"; "Cataluña será la única soberana de su gobierno interior"; "la conservación del orden público y seguridad interior de Cataluña estarán confiadas al Somatén", o "la enseñanza pública en sus diferentes grados y ramas deberá organizarse de una forma adecuada a las necesidades y carácter de la civilización de Cataluña". En definitiva, "la Constitución catalana y los derechos de los catalanes estarán bajo la salvaguardia del poder ejecutivo catalán", todo ello al amparo de la base primera que afirma que "la constitución regional catalana mantendrá el temperamento expansivo de nuestra antigua legislación, reformando, para ponerlas de acuerdo con las nuevas necesidades, las sabias disposiciones que contiene respecto a los derechos y libertades de los catalanes". El origen del nacimiento sentimental de la nación catalana, "in statu nascendi", promovido, más de un siglo después, por Pedro Sánchez.

La pregunta es si Pedro Sánchez llegará hasta el final. La amnistía, una réplica anafórica de la medida de gracia aprobada en 1936 por el Frente Popular, se vende como una alivio de la pena bajo el auspicio inmoral de la utilidad pública. Todo se ha dicho hasta ahora. Pero más grave todavía es lo que viene después y de lo que se habla menos para consuelo de Pedro Sánchez. Un anticipo de lo que va a ocurrir. Pedro Sánchez va a ensayar contumazmente dos conceptos: el de agotamiento del modelo estructural político-administrativo emanado de 1978 y la necesidad de abrir un proceso renovado territorial de convivencia democrática. Una vez preparadas las bases de la izquierda sociológica para el siguiente sprint, y una vez superado el impacto de la aprobación de la Ley de Amnistía, comenzarán académicos consentidos, profesores de pago y analistas convenidos a diseñar un nuevo modelo de España basado en el federalismo asimétrico, que, por cierto, no es ninguna novedad, porque en la Conferencia Socialista Ibérica, organizada por el PSOE (París, junio y septiembre de 1974), ya se propuso la autodeterminación para desbloquear el problema de las nacionalidades. Y allí es donde no soy capaz de ver el final. Entre las hipérboles nacionalistas, las presiones de los socios, el establishment político que emergerá en Cataluña tras las elecciones catalanas y la evolución del sentido del voto en España en los próximos meses, no acabo de leer el final de esta historia. Porque ni Pedro Sánchez es capaz hoy de escribirla. Una vez más, jugará día a día, sobre sus propias necesidades y sobre las debilidades de su adversario. Y, sinceramente, nadie debería subestimarlo.

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