La leve inclinación que hacía este jueves Pedro Sánchez frente a la bandera catalana durante su visita a Pere Aragonés en Barcelona –y que no le veremos nunca hacer ante otras banderas regionales– debería sustituirse por una genuflexión en toda regla. Es más, no sabemos si sería lo apropiado institucionalmente, pero simbólicamente el presidente del Gobierno debería entrar de rodillas en el Palacio de la Generalidad y no ponerse de pie hasta volver a la escalerilla del falcon.
Tal es la humillación a la que se somete ante sus socios y que se puede ver en estas visitas quizá aún mejor que en las ya de por sí vergonzosas sesiones parlamentarias, en las que el del PSOE es todo chulería y agresividad frente a la oposición, como un toro recién salido de toriles, pero agacha la testuz ante sus socios como el más blando morlaco en el momento de la suerte suprema.
Ya ha ocurrido en la negociación previa a la investidura y seguirá pasando mientras dure la legislatura: no hay ni una demanda separatista que Sánchez se niegue a cumplir. Lo más que puede hacer es ocultarla, como el infame cambalache en el Ayuntamiento de Pamplona, o aplazarla, que es lo que ha ocurrido este jueves con la exigencia de un referéndum. ¿Alguien puede albergar alguna duda de que habrá una consulta camuflada sabe Dios con qué fórmula? Los que todavía no crean que tal cosa va ocurrir por favor que observen la sucesión de hechos desde los indultos, pasando por la amnistía y terminando con las cercanas reuniones con Puigdemont y se darán cuenta de que Sánchez no tiene ningún límite ni escrúpulo cuando de mantenerse en el poder se trata.
Por ahora, Aragonés va pactando los infinitos regalos materiales que el Gobierno está dispuesto a hacer: el ingreso mínimo vital, la gestión de cercanías… y a estos, además, se van añadiendo las concesiones en aspectos clave del discurso separatista, sobre todo en lo referido a las lenguas, que por desgracia son desde hace décadas el ariete con el que el nacionalismo catalán ha querido romper lo que nadie ponía en duda que era una única nación.
La última, por ahora, cesión de Sánchez en ese campo, esa ley orgánica de "garantía del plurilingüismo" anunciada este jueves y destinada, precisamente, a asegurar el monolingüismo a costa de acabar con el español, llega justo la misma semana en la que los eurodiputados que visitaban Cataluña han podido comprobar el grado de odio y barbarie con el que se impone el catalán, no como una riqueza cultural a preservar, sino como la única herramienta para que parezca diferente aquello que, insistimos, en realidad no lo es.
Y es que si las concesiones económicas pueden llevarnos a la quiebra económica y a una situación insostenible en muchas comunidades autónomas, todavía es más peligrosa la quiebra moral que supone no sólo aceptar al completo el falso relato histórico del nacionalismo, sino bendecir y amnistiar sus métodos mafiosos, golpistas y matoniles. Y es que mientras va dando lecciones de antinazismo a los alemanes, Sánchez no sólo permite que auténticas SA del separatismo campen a sus anchas, sino que las premia con todos los privilegios y todo el poder.


