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Javier Gómez de Liaño

Supremo Sánchez

Lo que nunca será es un enviado por la divinidad para pronunciar, mandar y firmar una sentencia como si, aparte del Ejecutivo, presidiese el poder Judicial.

Lo que nunca será es un enviado por la divinidad para pronunciar, mandar y firmar una sentencia como si, aparte del Ejecutivo, presidiese el poder Judicial.
Pedro Sánchez. | Europa Press

Dos notas del autor.

: que, visto el personaje, es inevitable que el título de la tribuna recuerde al de la novela Yo, el Supremo que el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos dedicó a Gaspar Rodríguez de Francia, aquél fanático y cruel dictador que gobernó en Paraguay desde 1816 a 1840.

: que, como el lector podrá observar, algunos pasajes serán ficción y, por tanto, metáfora de la realidad. Dicho lo cual, comienza el relato en forma de monólogo del protagonista.

El pasado jueves, 1 de febrero, fecha en que se honra, entre otros santos y beatos, a santa Brígida de Kildare y a la beata Ludovica Albertoni, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, con la toga de magistrado del Tribunal Supremo que le había prestado su buen amigo Cándido Conde-Pumpido y Tourón se subió al estrado, tomó asiento en el lugar destinado a la presidencia, tocó la campanilla y tras solicitar al señor agente judicial que diera la voz de audiencia pública, se dirigió a los presentes y con su habitual voz impostada, dijo:

–Yo, en nombre del pueblo del que la Justicia emana, advierto que "como todo el mundo sabe, el independentismo catalán no es terrorismo" y que los jueces que así lo piensan se equivocan hasta el punto de que si siguen por esa vereda podrán incurrir en patente y grosera prevaricación. Yo soy el juez de jueces. Querer llevar al banquillo a los independentistas y no digamos, dictar contra ellos una sentencia condenatoria, traería para la magistratura española consecuencias peores que una peste. Las diez plagas de Egipto destruirán por completo la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo, dos cuevas de reaccionarios.

Apostilla a la monserga. Al parecer Pedro Sánchez olvidó incluir en su alocución al titular del Juzgado de Instrucción número 1 de Barcelona, don Joaquín Aguirre, que en el marco del caso Voloh investiga las conexiones de Puigdemont y otras personas cercanas a él con el gobierno ruso.

Otras crónicas no fabuladas aseguran que el presidente del Gobierno lo que quiso decir en su perorata fue que las imputaciones de terrorismo a Carles Puigdemont, a la dirigente de ERC, Marta Rovira y diez más por el Tsunami Democràtic era una siniestra operación política y el proceso penal una vulgar excusa. Concretamente y con otro lenguaje, ante el fiasco del anteproyecto de la Ley de Amnistía, Pedro Sánchez declaró que "con este proyecto de ley, yo estoy convencido, y así al final lo van a concluir los tribunales, que van a estar todos los independentistas catalanes amnistiados, porque no son terroristas".

Tras escuchar al presidente Sánchez, lo primero que pienso es que eso de la sintaxis en la lengua oral no va con él y que cuando dice lo que dice es que siente el impulso de formular ideas circulares en torno a lo que quiere decir, pero dice mal porque en el fondo, lo que le pasa es que es un embustero que quiere callar la verdad hablando por los codos. O sea, lo que nos espetó no hace mucho cuando ante los reproches recibidos por sus constantes contradicciones, citó a Aristóteles para decir que "la verdad es la realidad", con lo cual demostró que hasta en eso faltó a la verdad, aunque en este caso quizá la razón es que jamás haya leído a Aristóteles. El filósofo griego, discípulo de Platón, lo que dijo –véase Metafísica IV– es que la verdad consiste en decir que "lo que es, es, y lo que no es, no es" y que es imposible afirmar y negar a la vez con verdad.

Es indiscutible que la última palabra a pronunciar en relación con las imputaciones formuladas por el juez García-Castellón en la "exposición razonada" que ha elevado a la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo y que la Fiscalía, tras un primer informe favorable, finalmente y de forma extraña ha desautorizado, la tienen sus magistrados, pero con independencia de la decisión judicial que la Sala de Admisión adopte, la actitud de Pedro Sánchez, creyéndose un todopoderoso judicial capaz de vaticinar sentencias, es tan grave como preocupante. Por muy presidente del Gobierno que sea, lo que nunca será es un enviado por la divinidad en forma de paloma buchona para pronunciar, mandar y firmar una sentencia como si, aparte del Ejecutivo, presidiese el poder Judicial. Sólo por esto, por sentirse más supremo que el Supremo, por patrocinar un plan totalitario basado en quebrar la ley y asumir todos los poderes del Estado, el señor Sánchez merece la censura más severa.

El narrador vuelve al hilo de su historieta. A raíz de publicarse los últimos autos de los jueces García-Castellón y Aguirre, los partidarios de Puigdemont declararon que las resoluciones de ambos eran aberraciones jurídicas que formaban parte de una estrategia para hacer imposible la paz en Cataluña y de paso derribar al Gobierno de Madrid. Para mí que estos individuos deberían haber callado, cosa que igualmente podrían haber hecho quienes declararon que los dos jueces pertenecían a la derecha más rancia y que acusar a su jefe para enviarle a la cárcel era una vergüenza nacional, aunque quizá, en este particular, no haya que dar tres cuartos al pregonero, pues ya se sabe que a los indigentes intelectuales y enfermos de verborragia, la pasión sirve para cegar sus mentes y torcer sus pensamientos, cosa que podría evitarse si en el momento preciso se les metiese acíbar en la boca como se hacía con los niños descarados y lenguaraces.

Termino. Lo hago con este diálogo que, al parecer, este fin de semana el señor presidente del Gobierno mantuvo con el más cortesano de sus asesores:

—Mi señor presidente, he leído en un almanaque católico que entre santa Brígida y san Patricio, ambos irlandeses, había una amistad tan grande que tenían un solo corazón y una sola mente. ¿Es esto cierto?

—Algo había oído en el colegio santa Cristina donde aprendí las primeras letras, pero no confundamos, que siempre ha habido clases. Yo, lo que valgo, que es mucho, no lo comparto con nadie y menos mi alma y mi inteligencia.

–Muy bien dicho. ¿Quiere usted añadir algo más para insertarlo en el resumen de prensa?

–Sí. Que yo soy el mejor político que habita en el parlamento español y en el europeo. También soy el juez más justo y nada me importa que no se me reconozca porque lo que prevalece es mi razón.

El señor presidente del Gobierno jamás debería hablar así y menos si pensara un poco en los jueces, pues estos son muy mirados e interpretan que, con semejantes palabras, lo que quiere transmitirles es que él es muy capaz de hacer con sus togas lo que le sale de alguna parte del cuerpo.

Nota de alcance. Cuando estas líneas están llegado a su fin, leo en un diario digital que el señor Puigdemont, pese a no aparentarlo, está hecho polvo con el rechazo por la mayoría del Congreso de la proposición de ley de amnistía y que la procesión va por dentro. Incluso se comenta que se está planteando dejar su confortable estancia en Waterloo y venir a España con todas las consecuencias, incluida la defensa por su consiglieri el abogado Gonzalo Boye, experto en terrorismo, pues para eso le paga. Si la noticia fuera cierta, se me ocurre que abandonar la situación de "rebeldía" procesal en la que Puigdemont se encuentra no es mala solución si el regreso es un punto de contrición. A los vencidos no hay que desahuciarlos, basta con ponerlos en el buen camino, aunque, eso sí, con una lucecita en mitad del entrecejo para avisar del peligro.

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