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Cristina Losada

Lo de Koldo es el karma

Al partido del Gobierno sólo le ha interesado resucitar la pandemia ocasionalmente para una cosa: acusar a Díaz Ayuso, por una compra de mascarillas, precisamente.

Al partido del Gobierno sólo le ha interesado resucitar la pandemia ocasionalmente para una cosa: acusar a Díaz Ayuso, por una compra de mascarillas, precisamente.
Koldo García y José Luis Ábalos. | Cordon Press

Los españoles decidieron que no había nada que hablar de la pandemia de Covid desde el día en que la dieron por terminada. A partir de entonces, no quisieron hablar más de cómo se hizo frente a una de las catástrofes sanitarias más complejas y letales que ha habido en nuestro tiempo. Y como no quisieron hablar, no hablaron. No hablaron de cómo gestionó la pandemia el Gobierno al que le tocó gestionarla y cuando hablaron, a través de las urnas, aquella gestión ya no estaba entre los asuntos. No sólo porque había pasado un tiempo; también porque la sociedad española, tan sufriente como obediente, tan protestona unas veces como pasiva otras, había decidido tácitamente dejar aquello atrás, correr el tupido velo y no poner en la balanza lo que hizo un Gobierno y sus resultados.

No se quiso evaluar lo hecho para aprender, como hicieron otros países. Para qué. Aquí vivimos al día. En cuanto se acabó el problema, se perdió todo interés por examinar la aparente paradoja de que allí donde se aplicó uno de los confinamientos más estrictos de la Unión Europea, según proclamó orgulloso Sánchez, hubiera la cantidad de contagios y muertes que llegó a haber. De idéntico modo, los errores garrafales de pronóstico de autoridades y portavoces sanitarios quedaron en el olvido más profundo. Ya no se hablaría más de cómo se esperó hasta después de aquel 8 de marzo feminista, fuente de contagio seguro, para tomar las primeras medidas. No valía la pena. Ni merecía la pena enquistarse en el lío de la inconstitucionalidad de los estados de alarma. Estábamos en otra pantalla. Del shock de una epidemia inimaginable, los supervivientes habíamos logrado regresar a la normalidad. Era lo único importante. Y así cerramos en falso, políticamente en falso, uno de los episodios más críticos de la historia reciente.

Ahora que el caso Koldo/Ábalos y sus posibles ramificaciones vuelven a traer a la bandeja de la actualidad el episodio pandémico, con la compra de mascarillas como fuente de corrupción, el cierre en falso de los años de la Covid muestra con algo más de claridad sus perniciosos efectos. De no haberse cerrado en falso, se habrían detectado antes los desvíos y las corruptelas. Cuando se percibe la renuncia al control y a la rendición de cuentas, los aprovechados tienen mayor sensación de impunidad. Resulta que no se puede dejar de ser ciudadano en las situaciones de emergencia. Sobre todo: no se puede dejar de serlo cuando concluye la emergencia.

En la emergencia, el Gobierno Sánchez tuvo todo el margen de maniobra del mundo. No lo tuvieron otros Gobiernos, en otras emergencias, pero ése sí. Salvo por discrepancias de algunas autonomías y de algunos partidos en ciertos momentos, no sintió presión, porque todo aquel margen, amplísimo, se lo concedían los ciudadanos, y esa es una concesión inapelable en una democracia. Y si tuvo casi todo el margen de maniobra del mundo durante la pandemia, en cuanto pasó, pudo despreocuparse por completo. Nadie iba a volver sobre los pasos dados. Nadie quería. Punto y raya a la epidemia. Como si no hubiera existido. Al partido del Gobierno sólo le ha interesado resucitar la pandemia ocasionalmente para una cosa: acusar a Díaz Ayuso, por una compra de mascarillas, precisamente. Lo de Koldo, hombre para todo del partido, hombre de confianza, uña y carne, custodio de los avales de Sánchez, es el karma.

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