
Al final, lo que buscaba Pablo Iglesias nos lo ha traído el PSOE de Pedro Sánchez: derogar el régimen del 78, la Transición.
Ahora falta la segunda parte —por tácita, no se dice de forma expresa—, que es cerrar el franquismo con la ruptura, léase revolución, que no fue necesaria pero siempre ansió la izquierda. Por eso nos han rebobinado la historia, para ser protagonistas sin riesgo. El epítome fue la exhumación de Franco y su traslado en literales volandas a Mingorrubio. Va a tener razón Feijóo: Pedrito es un cobarde.
España descarriló el jueves 30 de mayo de 2024. Ocho partidos políticos que sostienen al débil gobierno aprobaron la Ley de Amnistía para borrar los delitos cometidos por buena parte de esos mismos partidos. El beneficio para unos pocos es evidente: unos se libran de la cárcel, otro necesitan precisamente eso para seguir en el poder y otros más ven colmados sus vicios. Para el resto de España, para la inmensa mayoría, es un baldón que puede marcarnos sin remedio. En la operación, además del necesitado y de los amnistiados, están la Fiscalía general del Estado y el Tribunal Constitucional. Un autogolpe de libro.
Con buenos trajes de lana fría, blazers ajustados y modelos vaporosos también se puede delinquir. Los diputados socialistas de principios del siglo XX que amenazaban de muerte a otros diputados iban inmaculados. Los del 36, que cumplían las amenazas, también. Y hasta hablaban mejor.
En febrero de aquel año, el parlamento catalán estaba suspendido por el golpe de octubre —¡qué tendrá octubre! — de 1934 perpetrado por la izquierda republicana en connivencia con el PSOE. En Madrid Manuel Azaña sustituía a Manuel Portela Valladares en el Gobierno y la izquierda celebró la llegada del Frente Popular exigiendo la amnistía y la inmediata excarcelación de Lluís Companys y de los consejeros apresados por el golpe. A las puertas de la comisaría de Vía Layetana hubo importantes disturbios que no están del todo documentados, pero empezaba la conocida como "primavera del 36" que desembocó en la guerra. No todo lo que empieza de forma similar tiene que acabar de un modo parecido, pero hay caminos que nunca debimos volver a pisar.
Este jueves 30 de mayo, casi un siglo después, la ley se ha hecho delito, el delito es la ley. El resultado ni siquiera es todavía una dictadura. Es un suicidio aplaudido para mayor gloria de un personaje sin apenas valía, un don nadie narciso con una única aptitud, pero indiscutible: hacer el mal.
La aprobación de la Ley de Amnistía, ley de permanencia o habilitante para Sánchez, está pendiente sólo de su publicación en el BOE. Parece que eso no sucederá hasta que se conozca el resultado de las elecciones europeas, no sea que el Supremo se ponga a trabajar, que lo hará, y fastidie la campaña europea del muñeco. Todo está en suspenso por el mismo motivo, incluidos el gobierno vasco y el catalán. Si se tomó cinco días para distraernos, qué no hará para sobrevivir a su propio plan.
¿Y entonces, Europa? El 9 de junio se celebran elecciones al parlamento europeo y los análisis se centran en si la gente vota en clave nacional o no, si Vox venderá que crece porque tenía poco, si el PP será ganador claro, si Podemos desmontará las tiendas de campaña y otras tantas proyecciones, extrapolaciones y estimaciones que llenan tablas analíticas, tertulias y mítines. Pero lo importante es que un país miembro, España, lleva a Europa un carro cargado de nitroglicerina tirado por ocho asnos salvajes.
Esta es nuestra aportación: amnistía para un golpe de Estado en curso, inminentes reclamaciones de "autodeterminación", reconocimiento de un estado palestino, enfrentamiento diplomático con Argentina, teléfonos espiados, Marruecos desternillándose y (claros indicios de) corrupción generalizada, institucional, ministerial, personal y hasta marital. No se podía esperar mucho más de un presidente que necesitó apoyar su incapacidad electoral en golpistas y terroristas escondidos bajo la apariencia de partidos políticos. Lo que sucede es lo lógico. Es de esperar que también la lógica guie el voto ciudadano.
Pero ¿qué va a hacer la Gran Burócrata con nuestro engendro? Hasta ahora Europa se parece más a Page que a Feijóo o Ayuso. Critica pero no actúa, advierte pero no da ejemplo. No puede entenderse que delincuentes y cómplices interpreten un dictamen de la Comisión de Venecia a su favor y el resto vea en cambio un severo varapalo sin que pase nada, sin que la propia Comisión salga al paso a defender el interés general. No basta expresar "preocupación". Con el tiempo agotado no caben titubeos. La Unión Europea debe demostrar que hay ley y que no se puede quebrar el principio de igualdad ante ella. Eso o limitarse a ser espectadora de una crisis que puede provocar una reacción en cadena. Nacionalismos no faltan y parece que en todas partes hay una peligrosa nostalgia por los años 30.
Quedan algunas esperanzas. Una es la cuestión prejudicial ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) para que decida si la ley española cumple con el derecho comunitario. Otra, que no haga falta consultar porque los fiscales del procés ya han dejado claro que la malversación no es amnistiable y, por ello, el Supremo decidiera continuar la instrucción sin necesitar ni a TJUE ni menos al Tribunal Constitucional de Conde Pumpido, el de la conjura del asador argentino.
Para todo ello hace falta intención, medir los movimientos del enemigo y soportar impasible la presión de la guardia pretoriana de Pedro Sánchez, atenazado por la pendiente formación de gobierno en Cataluña.
Contra el fango, fruta
La "máquina del fango" está en La Moncloa y todos los ministros están obligados a usarla varias veces al día, como el que ficha en su centro de trabajo. Es una suerte de estación depuradora del detritus gubernamental que lanza su puré tóxico a los tejados del PP. Pero de tanto bombear ha dejado de ser eficaz. El fango es ya el medio natural en el que flotan los casos Ábalos, Koldo y Begoña con todas las esferas derivadas de cada trama.
Esa fangosfera se multiplica exponencialmente negando las evidencias más groseras, adelantando exclusivas periodísticas dictadas desde ministerios, investigando la vida privada de los rivales políticos y poniendo las instituciones al servicio de la persecución. Todo forma parte de la intendencia de un régimen que ha decidido tumbar el Estado de Derecho construido en la Transición. Todo es corrupción. Nada les resulta imposible.
En la otra orilla de la balsa de fango hay vida. Lo de "me gusta la fruta", exclamación acuñada por Isabel Díaz Ayuso, se ha convertido en una reacción de protesta imparable. Acabará olvidándose el origen de la expresión, una argucia para expresar una rabia incontenible sin admitirlo, y seguirá usándose como seña de identidad de la resistencia al régimen socialista de Sánchez. La fruta no impedirá la ignominia de la amnistía pero siempre ayudará a aclarar la corriente de fango que arrastra basura por todas partes. Hasta en eso se va a parecer Sánchez a Hugo Chávez.
En diciembre de 1999 las montañas de Vargas se deshicieron por la lluvia acumulada provocando un deslave de lodo, piedras, masa vegetal y todo lo que quisiera tragar aquel mortal torrente a su paso. Ese mismo día los venezolanos tenían que votar una Constitución que concedía ya poderes extraordinarios al presidente recién llegado. El desastre natural, el conocido después como "deslave de Vargas", estaba anunciado como riesgo casi seguro tras las copiosas y continuadas lluvias sobre la región, pero Chávez ordenó priorizar el voto sobre la vida. Murieron muchos miles, se rechazó ayuda estadounidense que consistía en barcos hospital y se aprovechó el desastre para adquirir aún más poder y leyes habilitantes. Fango, lodo y poder sin medida.
No es de extrañar que a muchos venezolanos también les guste la fruta. Aquí, contra la amnistía, los abusos, el rebobinado tramposo de la historia y el fango, será nuestro grito diario.