
Ni entre sus partidarios es visto con ilusión. Sánchez provoca pavor. Miedo. Y, sobre todo, desesperación en la ciudadanía democrática que no alcanza a ver dónde está la luz para esta pesadilla que es Pedro Sánchez. Un ser fuera de todo control democrático. Me cuesta ponerme en la cabeza de los partidarios de Pedro Sánchez, cuando hayan leído su segunda carta. Pero no creo que hayan sentido bochorno, como dicen los dirigentes del PP. ¡Ingenuos! Los votantes socialistas están acostumbrados a las cosas de su señor. Caminan cabeza con cabeza y no se desvían de las veredas trazadas por sus capataces. Jamás cambiarán su voto. Ellos solo obedecen. No sentirán ni angustia ni desánimo. Siguen a sus amos y odian la excelencia.
El votante sanchista nunca conseguirá experimentar algo parecido a eso que sintió el filósofo Kant, en su época, ante un fenómeno político como fue la Revolución Francesa. Kant suspendió su cotidiano paseo al enterarse de la toma de la Bastilla. Sintió una especial excitación espiritual, cuando se percató del triunfo de la Revolución Francesa, que algunos grandes comentaristas de su filosofía, entre lo que destacan los de nacionalidad francesa, han llamado entusiasmo, ilusión, en fin, adhesión a la causa de los partidarios de la revolución. Kant quería para su país algo parecido a lo sucedido en Francia.
Sin embargo, Sánchez, ay, jamás logrará entusiasmar a nadie, ni siquiera a sus siete millones de votantes. He ahí su poder. Vive de la miseria de esos seres que no sienten ni padecen. Y, por supuesto, no piensan. No les importa ser insultados y vejados. Ellos votarán como un sólo hombre a Sánchez y suscribirán todos los insultos proferidos por Sánchez al poder civilizador de la Justicia. Tampoco los medios de comunicación al servicio de Sánchez cambiarán de opinión. Están tan desacreditados como las universidades y grandes empresas que sirve a la señora de Sánchez con deleitación de esclavos.
Por suerte, la actitud obscena y cerril del sanchismo ha sido recibida en el mundo entero, especialmente en los medios de comunicación, con extrañeza y críticas severas, ante la actitud dictatorial del jefe de Gobierno. Nadie en el mundo democrático entiende el empecinamiento de Sánchez de culpar del procesamiento de su esposa a Feijóo y Abascal. Menos aún se entiende que Sánchez y su esposa no recurran a la Justicia por un supuesto delito a su honor. Por cierto, el silencio absoluto de la señora Gómez, después de ser imputada, resulta extraño e inexplicable. En cualquier caso, la carta de Sánchez no resiste un mínimo análisis. Es todo un ataque frontal a la columna vertebral del sistema democrático: el Poder Judicial. No le basta con la vil manipulación de la Fiscalía General del Estado a la que que pocos no dan por perdida para la democracia, sino que pretende poner a su pies el entero sistema judicial. Terrible.