
En esa jaula para orangutanes donde nos tiramos heces unos a otros a la que seguimos llamando Twitter hay una serie de debates recurrentes que sirven, fundamentalmente, para pasar el rato. Uno de ellos es si está bien pegar a un nazi, y otro es sobre los límites del humor. Esta semana hemos vivido una actualización de ambos, protagonizada por un cómico con menos sentido común que gracia y un nazi con más tiempo libre que sensatez.
En caso de que el lector no esté al tanto, el monologuista Jaime Caravaca, clásico individuo muy progresista en la cuarentena con aspecto de decirles a las veinteañeras que son muy maduras para su edad, hizo una gracieta sexual y política de un mal gusto mucho más allá de lo socialmente aceptable, en respuesta a la foto de un bebé de tres meses. El padre de ese bebé es un señor que responde al nombre tuitero de Alberto Pugilato, y se define a sí mismo como "Nacionalsocialista y patriota"; en términos posmodernos diríamos que se autopercibe como nazi.
El 3 de junio el cómico tenía un bolo en Murcia y el boxeador, que será nacionalsocialista pero sabe usar Google, se plantó allí y le calzó dos guantazos que, por supuesto, quedaron registrados en vídeo y llegaron hasta el último rincón de la red en lo que se tarda en decir Zasca. Un padre defendiendo el honor de su hijo o un nazi agrediendo a un cómico progresista. Elige tu propia aventura.
"It’s OK to punch a nazi" (está bien pegar a un nazi) es una frase recurrente en los círculos de izquierda. En 2018 un grupo de independentistas catalanes tiró por las escaleras del metro y abrió la cabeza a un hombre por llevar una gorra con la bandera española. Medios de izquierda y el diputado separatista Gabriel Rufián quisieron dejar claro que la agresión era, si no merecida, al menos disculpable, dado que la víctima llevaba una camiseta de un grupo de música de extrema derecha, dato que aparentemente es relevante a la hora de desnucar a desconocidos sin mediar palabra. El agresor fue condenado a cuatro años de cárcel.
La violencia está mal, claro. Es el Estado quien tiene su monopolio para que no vayamos por ahí solucionando nuestras disputas cotidianas a garrotazos. Pero a veces, bueno, parece que no está tan mal del todo, como en el caso del Caranchoa. Un Youtuber se dedicaba a insultar a la gente por la calle y a grabarlo en vídeo hasta que un empleado de una empresa de paquetería le repartió en la cara algo que no eran cajas. Al trabajador le cayeron 30 euros de multa por el soplamocos, en contraste con los veinte mil que tuvo que pagarle el creador de contenido por difundir la broma en vídeo. Y Granbomba, que ese era el nombre de guerra del joven bromista, cerró su canal y jamás volvió a subir un vídeo parecido a la red. A veces la violencia no sólo es útil, sino que el Estado la sanciona como aceptable.
En el caso del cómico y el nazi la política y la ideología son colaterales pero sin ellas no se entiende el asunto. Jaime Caravaca insultaba regularmente desde su cuenta de Twitter a Alberto Pugilato sin provocación alguna. ¿Está bien insultar a un nazi? No tengo nada en contra, pero conviene saber dónde y cuándo parar. Generalmente los hijos de los demás son una línea roja bastante obvia, en Internet y en la vida real. Simplemente hay cosas que no se hacen ni se dicen, y cuando uno se salta ciertos tabúes puede esperar muchas cosas, ninguna de ellas buena. El monologuista parece tener un largo historial de pasarse varios pueblos con gente que le cae mal, y probablemente era cuestión de tiempo que alguien pasara de las palabras a los hechos.
¿Hay una lección aquí? Quizás sea porque la baja natalidad priva a muchas personas de la experiencia que da tener hijos y del contacto con padres y madres, pero uno pensaría que cualquier persona con un mínimo de socialización sabe que no se comenta la foto de un bebé haciendo bromas sobre sexo oral, y menos delante de su padre. En el mundo físico el sopapo sería instantáneo, y además contaría con el aplauso de todos, como en el caso caranchoesco. Si Alberto Pugilato no fuera un nazi con más antecedentes penales que las directivas del Fútbol Club Barcelona probablemente tampoco habría demasiadas dudas al respecto. Pero el caso es que el boxeador no le atiza al cómico como nazi sino como padre. Y a Jaime Caravaca no le calientan la cara por progre, sino por bocazas. No se sabe muy bien dónde caen los límites del humor, pero si un nazi te viene a pegar y el malo de la historia eres tú, tiene pinta de que los has dejado bastante atrás.