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Agapito Maestre

La inmoralidad socialista

Quien no se escandalice por la conducta electoral de un grupo social tan numeroso como es el de los votantes socialistas, es que no tiene corazón ni inteligencia.

Quien no se escandalice por la conducta electoral de un grupo social tan numeroso como es el de los votantes socialistas, es que no tiene corazón ni inteligencia.
Pedro Sánchez. | EFE

Escribo a las 12 de la mañana del domingo, después de que un gran amigo, hombre recto de los píes a la cabeza, me adelante su pronóstico de los resultados de las elecciones europeas. Me insiste un par de veces con sólidos argumentos su conclusión: el PP ganará, pero el resultado no será significativo en términos morales; sacará dos o, en el mejor de los casos, tres puntos de ventaja al PSOE. Pero lo relevante, como el 23 de julio del año pasado, es que la inmoralidad ha vuelto a ganar. Es preocupante, casi desmoralizador para vida del hombre común, que millones de votantes entreguen su voto a un partido que está montando sobre la mentira de un líder y su familia. El tono de voz de mi amigo al teléfono es de irritación: "Quienes han votado socialista, han regresado a las andadas; y, otra vez, han apoyado la conducta inmoral de un presidente del Gobierno que ha convertido sus mentiras en el fundamento de su partido".

A mi amigo no le preocupa que la conducta de este sujeto sea algún día susceptible de condena penal, e incluso que pierda ahora algo de poder político, sino que su inmoralidad, toda su vida construida sobre engaños y falsedades, sea el hilo conductor de millones de votantes socialistas. La inmoralidad, sí, es el "fundamento", el motivo último, de millones de hombres y mujeres. La cosa es aterradora, reitera mi amigo, si se piensa un poco. Que un hombre mienta permanentemente, como es el caso de Sánchez, es duro de aceptar para los ciudadanos normales; pero que convierta su conducta, a todas luces, inmoral en algo ejemplar para otros millones de seres humanos, requiere de un psicoanálisis social. Sí, la sociedad española, cuesta decirlo, está enferma. Podrida de resentimiento. El hilo conductor de la campaña socialista ha sido cuestionar, relativizar y negar el procesamiento de la señora del Presidente que, se mire desde donde se mire, implica al propio Sánchez. Eso es lo grave. Miente, miente y miente Sánchez y su entorno, pero sus votantes no les preocupa la cosa. A ellos eso les parece maravilloso. ¿Cómo justificar tanta inmundicia? ¿dónde hallar razones que expliquen esa conducta más allá del bien y del mal? ¿quién puede explicarnos que la conducta inmoral del presidente del Gobierno y su esposa haya sido el fundamento de la campaña socialista? Las preguntas son tan amargas como las pocas respuestas que hallaremos.

Y, sin embargo, tenemos la obligación de intentar una explicación de tanta miseria ética. Quien no se escandalice por la conducta electoral de un grupo social tan numeroso como es el de los votantes socialistas, es que no tiene corazón ni inteligencia. Que la inmoralidad del matrimonio Sánchez-Gómez sea el fundamento político y electoral de millones de españoles, mueve al desanimo y la misantropía. En todo caso, hoy, más que nunca, me gustaría conocer la opinión del Rector de la Universidad Complutense sobre esa inmoralidad, aunque haya dicho que a él, primer representante de esa moribunda Alma Mater, no le importaba de dónde procediesen los fondos de la cátedra que dirigía la señora Gómez. También hoy, más que en el pasado, me gustaría preguntarle al largo listado de profesores de universidad dedicados a enseñar "Filosofía moral", en las facultades de Filosofía, Derecho y Humanidades, su opinión sobre la inmoralidad de la pareja Sánchez-Gómez; aunque sospecho cuál sería la respuesta, sabiendo que la mayoría de quienes se dedican a la enseñanza de esa materia son de origen y militancia socialista… Son ellos, sí, quienes dicen qué es moral e inmoral. ¿No es así, o me equivoco mucho, señoras Camps y Valcárcel?

En fin, he ahí mi principal razón para no ser socialista: la conducta de la pareja Gómez-Sánchez es inmoral. Creo que, si hoy viviese mi amigo César Alonso de los Ríos, la añadiría al magistral artículo que escribió el 13 de enero de 2005, Razones para no ser progresista.

Yo no puedo ser progresista cuando serlo hoy es:

Dar cianuro a un tetrapléjico, cobrar por contarlo en las televisiones y aceptar como arte cinematográfico lo que es simple manipulación demagógica.

Desmantelar el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca para complacer a «Cataluña», que, por las mismas razones históricas, debería devolver a las regiones que produjeron emigrantes la riqueza que éstos le dieron en la postguerra.

El derecho de la mujer a abortar en cualquier caso y circunstancia.

Conceder el matrimonio a los homosexuales para que no se sientan distintos y ayudar, por lo mismo, a las operaciones que necesitan los que aspiran a ser transexuales.

Cambiar los mil asesinados por ETA por la aprobación de un plan propio de nacionalistas vergonzantes como es el de los socialistas vascos.

Pactar la gobernación de la Nación con los amigos de ETA.

Vulnerar los derechos humanos de los niños que viven en Comunidades bilingües y que tienen el español como lengua materna.

Negar que España es una obviedad geográfica e impedir que eso pueda explicarse en las clases.

Preferir los nacionalismos etnicistas, excluyentes e inquisitoriales a la derecha española, sin cuya contribución no habría habido transición democrática, sistema autonómico y verdadero progreso.

Considerar peligrosos los sentimientos nacionales cuando se trata de España y sublimes cuando se refieren a Cataluña, País Vasco o Galicia.

Convertir en banal o eliminar las pruebas escolares y de ese modo canonizar la mediocridad que es el estado ideal de los gobernantes socialistas.

Aceptar la moral de unos gobernantes que critican la enseñanza privada y llevan a sus hijos al Británico.

JUSTIFICAR la dictadura de Castro por la liberación de Rivero.

Desobedecer el mandato del setenta por ciento delas familias españolas que quieren una enseñanza de la religión católica en las escuelas públicas.

Elogiar El Código da Vinci.

Defender una Constitución que pone las bases culturales de Europa en Voltaire y Robespierre olvidando a Aristóteles y Santo Tomás.

Aceptar una Constitución europea que niega la representación que España consiguió en Niza y que puede abrir el ingreso de Turquía.

Estimar como dogmas los que lo fueron del fascismo en los años treinta: el antiliberalismo, el antiamericanismo, el antisemitismo y el anticlericalismo.

Subir el salario mínimo en los términos de la inflación a pesar de los criterios contrarios del vicepresidente Solbes.

Dar por buena la Leyenda Negra y la consiguiente infravaloración de las aportaciones españolas a la cultura universal.

Condenar el Descubrimiento y la conquista de América.

Despreciar la obra grandiosa de Menéndez Pelayo y calificar a Ortega y Gasset como un prefascista.

Creer que la izquierda ha aportado algo significativo al pensamiento español.

Aprobar la quema de conventos y los asesinatos de sacerdotes en la II República.

Tapar los asesinatos de Maeztu, Ledesma y Muñoz Seca con el de Federico García Lorca.

Convertir el Ejército español en una ONG (Bono fecit).

Transitar del aconfesionalismo al laicismo como si no existiese una Constitución.

Ir mucho más allá del 11-M en relación con la derecha. Si la masacre desplazó a ésta del poder, la alianza del PSOE y los nacionalistas la eliminará para siempre.

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