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Emilio Campmany

La fiesta acaba de empezar

Nadie mínimamente decente haría ninguna de las dos cosas, hacer a Puigdemont presidente o gobernar sin respaldo parlamentario, pero Sánchez, sí.

Nadie mínimamente decente haría ninguna de las dos cosas, hacer a Puigdemont presidente o gobernar sin respaldo parlamentario, pero Sánchez, sí.
EFE

Las crónicas están de acuerdo en que estas europeas eran un plebiscito sobre la gestión de Pedro Sánchez. En lo que discrepan los cronistas es si lo ha superado o no. A la derecha están los que creen que los resultados censuran al empalagoso enamorado. A la izquierda encontramos a quienes piensan que el indómito socialista ha resistido el embate del búnker mediático y la justicia cavernícola. Más razón parecen tener los diestros, pues si acertaran los zurdos, el amante esposo habría salido a contarlo a los cuatro vientos y no lo hizo. Sin embargo, este animado debate es completamente irrelevante porque Sánchez sólo abandonará el poder cuando legalmente no tenga más remedio. Y aun entonces, nadie puede estar seguro de que lo hará. Por tanto, no se irá por muchas elecciones que pierda mientras no sean unas generales.

Mucho más relevante es lo que ocurra en Cataluña, donde acaba de echar a andar la legislatura. Allí ya ha tenido ocasión Illa de ver lo poco que pinta. A pesar de sus pobres resultados, el bloque independentista, con menos del 45 por ciento de los escaños, se ha hecho con más del setenta de la Mesa del Parlamento. Ha sido así porque el resto de las fuerzas no han sabido constituirse en bloque. Y no lo han hecho porque dos de esas fuerzas, los Comunes y el PSC, son en realidad aliados de esos mismos independentistas que han formado lo que ellos llaman "Mesa antirepresiva".

El nuevo presidente de la asamblea catalana es de Junts. Y su misión ahí es proponer como primer candidato a la presidencia de la Generalidad a Carles Puigdemont. Si PSC (42), PP (15) y Vox (11) votan "no", Puigdemont no podrá salir elegido ni siquiera con los indeseados votos de Aliança Catalana y el voluble respaldo de los Comunes, y habría nuevas elecciones. A partir de ese momento, puede Sánchez olvidarse de contar con Junts en el Congreso de los diputados, lo que significa que perdería cualquier votación.

Cuando, durante la noche de las elecciones, Chema Crespo le afeó al exministro Margallo haber acusado a Sánchez de estar dispuesto a darle la Generalidad a Puigdemont porque era algo que se había demostrado imposible, debió callarse, ya que cabe que el día de la votación se pongan enfermos dos diputados del PSC para que Puigdemont sea presidente de la Generalidad aunque todavía no se haya dilucidado si está o no amnistiado.

No obstante, también es posible que el tahúr resiliente se la juegue y ponga contra las cuerdas a Esquerra y la obligue a elegir entre hacer a Illa presidente o pasar por unas nuevas elecciones en las que seguramente tendrá un resultado todavía peor que el del 12 de mayo. Y lo haga después de haber decidido mantenerse en La Moncloa con presupuestos indefinidamente prorrogados, haciendo política de gestos sin sacar nada que necesite pasar por las Cortes para ser eficaz y a disfrutar del Falcon mientras dure. Nadie mínimamente decente haría ninguna de las dos cosas, hacer a Puigdemont presidente o gobernar sin respaldo parlamentario, pero Sánchez, sí. Lo que no hará en ningún caso, y a eso tenemos que hacernos todos a la idea, es convocar elecciones para perderlas. Si las convoca, será para ganarlas. Como sea.

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