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Luis Herrero Goldáraz

La conjura de los necios

Hay respuestas que no son justas, aunque estén cargadas de razón.

Hay respuestas que no son justas, aunque estén cargadas de razón.
Cartel de Alvise Pérez para las elecciones europeas. | Agencias

Hubo un tiempo en que la pregunta era tan recurrente que casi se convirtió en un eslogan. Aunque "recurrente" no es la expresión exacta. Sería más correcto decir que era algo así como un acto reflejo. Una sucesión de sílabas que se tenían que decir cuando se daba la situación, igual que se dice "es como todo" al escuchar el despotrique del vecino con el que se comparte ascensor. De esa forma uno salía de clase de historia, por ejemplo, o de ver La lista de Schindler, y se descubría a sí mismo avasallado repentinamente por un peso misterioso parecido al de la responsabilidad. Y se veía de pronto moviendo los labios sin querer, como si un poltergeist verborreico hubiese tomado las riendas de su corazón. Y se escuchaba decir, con hondura y desde muy lejos, "¿cómo pudo pasar?", mientras la gente alrededor hacía un ligero gesto con la nuca y dirigía la mirada al suelo sin soltar una palabra, dando a entender que todavía funciona ese atavismo ancestral que nos sugiere que hay respuestas que carecen de sentido, como carece de sentido el mal.

Por aquellas épocas la gravedad del pasado y lo siniestro de sus protagonistas nos hacían aproximarnos a ese tipo de interrogantes incómodos con respeto y temor. Tuvieron que pasar algunos años para que la realidad se asentase y la experiencia terminase de desvelarnos que no hace falta ser grande para imponerse a los demás. Que, de hecho, suelen ser las almas más pequeñas las que cabalgan más cómodamente a lomos de la injusticia. Y que, en definitiva, lo único que separa a un tirano del resto es su falta de escrúpulos y que se le presente en el momento adecuado una buena oportunidad.

La pregunta, naturalmente, cambió. Como un reverso de Raskolnikov, nos fuimos descubriendo consternados cada vez con más frecuencia ante la mediocridad apabullante de nuestros napoleones modernos. Y fuimos pasando con una sutileza imperceptible de la curiosidad a la congoja y de la congoja al cansancio, hasta que el cansancio derivó en un silencio intermitente que todavía amenaza con mutar en resignación.

Al principio fue sencillo ir dejándolo pasar. Sobre todo porque la fortuna había querido que naciésemos en una parte del mundo que se jacta de haber encontrado la solución a ese problema desde hace siglos. Había una indudable comodidad en parapetarse debajo de la bóveda protectora del Estado de derecho y limitarse a lamentar la mala suerte de aquellos que no gozan del sencillo mecanismo que a nosotros nos permite, entre otras cosas, sustituir a nuestros gobernantes ineptos cada cuatro años.

Bien: hoy tenemos a un personaje capaz de sacar cerca de un millón de votos pese a practicar un estilo de denuncia del poder que justifica cualquier medio —desde la manipulación a la mentira abierta, pasando por prácticas que se acercan peligrosamente a la extorsión—. Y tenemos a un presidente populista que le promociona desde la tribuna del Congreso porque sabe que de su consolidación depende su posible permanencia en el cargo. Y tenemos incluso a más simpatizantes que reconocen no votarle pero explican sin miedo que no tienen por qué temerle, pues para máquina de bulos y peligroso parasitador de las instituciones que protegen nuestras libertades ya tenemos a Pedro Sánchez, con su prensa afín. Así que, al final, llega la hora de responderse en alto lo que ya conocíamos desde el principio de los tiempos: que las desgracias suceden así, paulatinamente. Se van larvando entre las capas de impotencia ciudadana como el bacilo de una peste. Y se consolidan en el momento —esperemos que todavía lejano— en el que ya nadie le ve sentido a escuchar a aquella voz que nos advierte que hay respuestas que no son justas, aunque estén cargadas de razón.

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