
En una gala de los Globo de Oro, el humorista Ricky Gervais hizo esta advertencia al mundillo del artisteo allí reunido:
Si alguno de ustedes gana un premio esta noche, por favor, no lo usen como plataforma para hacer un discurso político. No están en posición de dar una conferencia al público sobre nada. No saben nada del mundo real. La mayoría de ustedes pasó menos tiempo en la escuela que Greta Thunberg.
No sé el tiempo que pasó en la escuela Mbappé, el nuevo jugador del Real Madrid y estrella de la selección francesa, pero sí que aprovechó una rueda de prensa en la Eurocopa para usarla como plataforma para hacer un discurso partidista contra "los extremos" y a favor implícitamente de Macron ante la inminente convocatoria electoral decretada por el todavía presidente de Francia. Tras las elecciones europeas, que han dado como gran vencedor en su país al partido de Marine Le Pen y Jordan Bardella, todo el mundo ha entendido que el mensaje de futbolista era dirigido contra el partido conservador y no contra el partido socialista de Mélenchon, el otro que puede competir desde la izquierda con Macron por la presidencia.
Qué duda cabe de que Mbappé tiene todo el derecho del mundo a expresarse políticamente e incluso aprovechar su papel como líder de masas para emular a Raymond Aron como analista. Es lo mismo que hacen muchos actores y directores de cine, a los que criticaba Gervais. Con la salvedad de que, en general, siempre se definen en la misma dirección, la izquierda, dado que se censura y cancela a aquellos que opinan diferente de lo políticamente correcto. Imaginen que algún actor defendiese el régimen de Pinochet como hacen con la dictadura de Cuba los actores Danny Glover, Sean Penn y Mark Ruffalo. O que alguna actriz se expresase respecto a los negros como hizo Susan Sarandon en referencia a los judíos al afirmar que están "probando lo que se siente al ser musulmán en este país, tan a menudo sujetos a la violencia" como si no hubiese existido el Holocausto.
Ahora bien, cuando un jugador o un actor se pronuncia políticamente tiene tanto derecho a la libertad de expresión como deber de aguantar las críticas. Juan Manuel Rodríguez ha hecho un magnífico análisis de las paradojas del discurso del jugador francés, como que llame a votar a los jóvenes contra "los extremos" cuando está comprobado que la mayor parte de los jóvenes vota a "los extremos", y hace bien en preguntarse si Mbappé hará el mismo llamamiento en Madrid, como ciudadano europeo comprometido, a votar contra la alianza de Sánchez contra los extremos de golpistas al estilo de Puigdemont, comunistas en la senda de Díaz y filoterroristas de todos los nacionalismos vascos y catalanes.
Pero cabe darle una vuelta de tuerca más al discurso de Mbappé cuando reivindicó no los tradicionales valores republicanos franceses de la libertad, la igualdad y la fraternidad, sino los del paradigma anglosajón woke de la diversidad, la tolerancia y el respeto. ¿Por qué Mbappé obvia los valores originariamente galos de la Liberté, Égalité, Fraternité, convertidos en un símbolo universal de la Modernidad y la Ilustración, sustituyéndolos por los que defiende la izquierda posmoderna en los países anglosajones dentro del dogma DEI (diversidad, equidad e inclusión) que ha estrangulado los campus universitarios en Estados Unidos y Reino Unido con cazas de brujas a todos los que no se someten a los dogmas del feminismo de género, la socialdemocracia parasitaria y el racismo inverso de los negros y latinos hacia blancos, judíos, asiáticos…?
Pero no se engañen, la diversidad que defiende Mbappé no es la liberal de los individuos sino la grupal de sexos, razas y religiones que lleva a establecer como método de selección las cuotas por grupos en lugar de la meritocracia. Tampoco es la tolerancia hacia los que disienten, de lo que es un buen ejemplo el propio jugador estableciendo un cordón sanitario contra el extremo que le disgusta. No, lo que hace Mbappé, seguramente inconscientemente, es practicar la represión envuelta en postureo tolerante que defendió Herbert Marcuse desde la Escuela de Fráncfort en un célebre artículo titulado precisamente La tolerancia represiva. Ni siquiera el respeto, porque una declaración verdaderamente política, en lugar de partidista, habría asumido la defensa de la selección nacional por encima de las circunstancias electorales de turno. Poner a la selección francesa como enemiga de gran parte de los franceses no solo demuestra una falta de respeto hacia los que piensan diferente, sino que contribuye a la polarización y el enfrentamiento, cuando la patria encarnada en la selección debería estar, como la figura del rey en las monarquías constitucionales, por encima y aparte de los dimes y diretes de las polémicas diarias en los medios y en las urnas.
Es, además, un discurso hipócrita porque Mbappé reivindica la diversidad, la inclusión y el respeto haciendo un llamamiento desde una rueda de prensa en el que ejercita el enfrentamiento civil, la exclusión política y la falta de respeto social. Su discurso es ilegítimo desde el lugar en el que lo hace, una selección nacional que representa a la patria francesa, la cual debiera estar por encima de discursos electorales. No habría ningún problema de legitimidad si lo hubiese hecho desde su casa o desde la sede del partido de Macron. Pero su reivindicación de que la selección francesa únicamente representa sus valores personales fomenta precisamente los extremismos que dice combatir y que, por el contrario, exacerba, poniendo el acento de la selección no en la cuestión nacional o la simple dimensión del deporte sino en los problemas étnicos, religiosos y patrióticos que dividen y ponen en jaque a la V República y a la misma Francia. El infierno está empedrado de buenas intenciones utópicas y ahora, gracias a Mbappé, los campos de juego de la Eurocopa van a estar encharcados de discusiones espurias, enfrentamientos partidistas y guerracivilismo electoral. Ya solo falta que se pronuncie, como temía Ricky Gervais, Greta Thunberg, Meryl Streep o el inefable Óscar Puente.