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La ridícula y vergonzosa polémica sobre Milei

Le guste más o menos a la izquierda, se trata del jefe de Estado de un país con el que nos unen una relación muy intensa y que lo ha elegido democráticamente.

Uno de los síntomas de la enfermedad política en la que se ha convertido el Sanchismo, y del estado muy grave en el que se encuentra el paciente, que es España, es que lo que en cualquier país sería normal y rutinario, aquí parece extraordinario y provoca una polémica política no por más artificial menos intensa.

Lo que está ocurriendo con la visita de Javier Milei a Madrid es un perfecto ejemplo de ello: le guste más o menos a la izquierda, se trata del jefe de Estado de un país con el que nos unen una relación muy intensa y muchos intereses compartidos, ha sido elegido democráticamente –y además por una mayoría abrumadora de votos– y es perfectamente normal que se le reciba en la sede de la Comunidad de Madrid y se le conceda un reconocimiento, se trate de una visita oficial o no.

Sí, es cierto que la retórica y las formas de Milei son un tanto llamativas, por decirlo de alguna manera, pero no lo es menos que esas formas no son ajenas a la política en muchas partes del mundo. Y lo que es más importante: las credenciales democráticas del mandatario argentino son intachables, cosa que no pueden decir todos en Iberoamérica y, especialmente, aquellos que son agasajados por esta misma izquierda. Por poner sólo un par de ejemplos, Milei no estuvo en una narcoguerrilla de joven, ni tiene a sus espaldas ningún escándalo multimillonario de corrupción.

Por supuesto, esto para nuestra izquierda rabiosamente sectaria es lo de menos: lo único que a ellos les importa es si es o no de los suyos y, si no lo es, poder usarlo como otro espantajo con el que agitar el fantasma de la extrema derecha.

Eso sí, como también suele ocurrir, las acusaciones que se lanzan desde el Gobierno no pueden ser más ridículas y en un país con un ecosistema de medios normal causarían el sonrojo generalizado. Por ejemplo, resulta grotesco que Yolanda Díaz haya acusado a Milei de estar "llevando su país a la pobreza", cuando la realidad es que han sido las políticas que trata de poner en marcha la propia vicepresidenta las que han llevado a Argentina al borde del colapso tras décadas de peronismo salvaje.

Aún es más llamativo que el mismo Pedro Sánchez que ha dinamitado todos los consensos y ha traicionado la Constitución en su letra y su espíritu acuse a alguien de deslealtad por recibir a un dirigente democrático. Sería de risa si no fuese tan lamentable. Y, finalmente, raya en lo surrealista que desde el Gobierno se siga acusando al mandatario argentino de haber atacado a las instituciones por sus críticas a la imputadísima Begoña Gómez, que no tiene ni va a tener el más mínimo papel institucional, por mucho que sus ansias de protagonismo y reconocimiento social le hayan hecho protagonizar algunos ridículos.

Mientras, los miembros de ese mismo Gobierno insultan sin parar al mismo Javier Milei –recordemos las acusaciones gravísimas de Óscar Puente que dieron inicio al conflicto actual– a presidentes de comunidades autónomas como Ayuso, a jueces, a tribunales y en definitiva, a todo aquel que les hace frente en su carrera liberticida.

Deslealtad, dicen, los que sólo son leales a sus propias ansias de poder.

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