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Koldo Balboa

Viendo el recién estrenado presidente a Sylvester Stallone ejerciendo de cobrador del mafioso Tony Gazzo, se le ocurrió una idea brillante, como todas las suyas.

Viendo el recién estrenado presidente a Sylvester Stallone ejerciendo de cobrador del mafioso Tony Gazzo, se le ocurrió una idea brillante, como todas las suyas.
Pedro Sánchez junto a Koldo García. | EFE

Poco después de ganar la moción de censura a Mariano Rajoy, en la sala de cine de La Moncloa, Pedro Sánchez y su esposa se sentaron a ver una película. Pedro, como siempre, impuso su criterio y quiso ver Rocky, arquetipo del hombre capaz de levantarse de la lona cada vez que cae, como le pasa a él. A Begoña no le apetecía, pues el lúgubre ambiente de la Filadelfia de los setenta que retrata la película le asquea, acostumbrada como está a los sofisticados ambientes de las saunas que fundó su padre. Pero, por darle gusto a su marido, accedió.

Viendo el recién estrenado presidente a Sylvester Stallone ejerciendo de cobrador del mafioso Tony Gazzo, se le ocurrió una idea brillante, como todas las suyas. Era muy consciente de que es imposible ahorrar un euro con el mísero sueldo de presidente del Gobierno. Y estaba harto de no permitirse más lujos que aquellos a los que le invitaba el suegro. Pero no quería corromperse porque, a fin de cuentas, él había llegado para limpiar, no para ensuciar. Y, sin embargo, sabía que su partido, el PSOE, estaba podrido hasta los huesos. Allí no sólo cobraban los que tenían un cargo, sino incluso aquellos que lo habían tenido, aunque ya no lo ostentaran. Especialmente notables eran los casos de José Bono y Pepe Blanco, que ahora se beneficiarían de que el PSOE volviera al poder gracias a él. Y, puesto que no podía impedir que las comisiones, coimas y mordidas circularan como siempre habían hecho, pero tampoco quería imponer las suyas propias porque acabarían cogiéndole, decidió que se embolsaría un porcentaje de todas las que cobraban los demás. Haría como Tony Gazzo, enviar a sus corruptos compañeros de partido un cobrador que, como Rocky, a cambio de una discreta comisión, reclamara su parte. La cuestión era elegir al recaudador. Inmediatamente pensó en Koldo, el mocetón que le había custodiado los avales cuando temió una operación para impedir que alcanzara a secretaría general del PSOE. No era muy listo, pero el físico imponía tanto o más que el de Rocky.

Como resulta que en algún momento los chantajeados decidieron resistirse a seguir pagando, les amenazó con dimitir si no apoquinaban. Y, como fuera que no le creyeron, publicó una carta a la ciudadanía aprovechando los problemas judiciales de su esposa, en la que amagaba con irse a ver si así le creían y aflojaban la mosca. Y la aflojaron, vaya si la aflojaron.

Otro problema era el de encontrar un testaferro a nombre del cual poner el dinero. Confiaba en Koldo, pero no tanto. Así que pensó que lo mejor era buscarlo en la familia. Y resolvió que su hermano se fuera a vivir al extranjero y que allí abriera las cuentas necesarias para acumular los beneficios de esta pequeña extorsión. Para eso, colocaría a su hermano en Badajoz, que es la capital de provincia más cercana a una frontera, y le diría que viviera en Portugal para huir de los ojos de la Agencia Tributaria. Luego, arreglarían cuentas.

Entonces, cubierto de sudor frío, tiritando como una flor al principio de la primavera, con el pijama empapado como si me lo hubiera puesto recién sacado de la pila, me desperté agitado. Gracias a Dios, todo había sido una pesadilla provocada por haber visto Rocky inmediatamente antes de dormirme. Duchado, cambiado y secado, no siendo ya capaz de conciliar de nuevo el sueño, me puse a ojear la prensa digital. Y, como en una película de terror en la que los sueños amenazan con hacerse realidad, allí estaba la noticia de que Koldo García Izaguirre se había reunido en cinco ocasiones con José Bono y hasta ocho veces con Pepiño Blanco, además de otros políticos del PSOE y algunos empresarios. Apagué el ordenador como quien deja de jugar a la güija, asustado de lo que está diciendo el vaso, y me fui a la cama. No pude pegar ojo hasta que sonó el despertador. Ya lo pintó Goya, El sueño de la razón produce monstruos.

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