
La democracia desaparece lentamente en España. La crónica de esa agonía está en la prensa. Pero, una vez más, tenemos la obligación de preguntarnos si acaso España, los españoles, carecen de alguna virtud que le permita su desarrollo. O peor, ¿no será la democracia un régimen político muy delicado para un pueblo tan soberbio? Ningún español está libre de este vicio, pero es menester detenerse en la del presidente del Gobierno, porque determina nuestro inmediato porvenir. No sé si analizar el perfil psicológico de Sánchez sirve para algo que no sea confirmar lo que ya sabemos, pero confieso no solo respetar a quienes se dedican a esta tarea, sino que leo sus textos con asiduidad y trato de aprender de sus análisis. Y son mayoría los periodistas que consideran a Sánchez un sujeto sin principios y sin corazón, es decir, soberbio a la enésima potencia. La desacreditada soberbia, o humildad rebuscada, de Sánchez está llevándose por delante cualquier sentimiento moral digno de ser alabado. Todo lo que toca lo rebaja de dignidad. ¿Cuántas personas han perdido su dignidad a su servicio? Algunos rostros de sus servidores son para salir corriendo de España. ¡De principios más o menos racionales para qué hablar!
Y, sin embargo, yo ante este personaje estoy confuso. Unas veces el poder de Sánchez me parece omnímodo. Todo en este hombre respira mando. El Tribunal Constitucional y la Fiscalía General del Estado a su servicio y ciento de altos funcionarios trabajan para su mayor gloria. La soberbia entera de España, país de soberbios sin parangón, es, insisto, toda suya. Le pertenece porque sí, porque le da la gana y no tiene que rendir cuentas ante nada ni nadie. Asusta. Su soberbia gobierna todas sus amenazas y medidas. Amenaza a jueces y periodistas. Dicta medidas contra todo Dios y, por supuesto, para restringir libertades, especialmente la primera de todas las libertades, a saber el deseo de libertad. En efecto, no hay día sin amenaza y sin medida que vacíe la democracia de su principal contenido: el deseo de ser libre. Libertad de movimientos, libertad de mercados, libertad, en fin, salvaje de ser más libre de lo que somos, están desapareciendo en nombre de la "libertad de Sánchez". Se nos niega la libertad en nombre de la libertad. Y, por si fuera poco, impondrá más censura el día 17 de julio. Terrible.
Es obvio que un régimen tan delicado como el democrático en manos de un sujeto como Sánchez es inviable. Este hombre arremete contra todos los que no son de su cuerda y las respuestas son tibias y, lo que es peor, sin coordinación alguna por parte del otro partido mayoritario. En fin, por un lado, Sánchez provoca miedo y más miedo, pero, por otro lado, nos provoca risa; sus declaraciones son vulgares, faltonas y propias de alguien al borde de caer en desgracia. Es todo anacrónico, impostado y de cartón-piedra. Pareciera que está al borde del precipicio. Y, sin embargo, sobrevive, reitero, porque en frente tiene un Partido que no logra pararlo. El PP tiene un poder inmenso en comunidades autónomas y municipios, pero todo parece indicar que no sabe utilizarlo. Y así, entre un Gobierno que desgobierna y una Oposición emasculada, la vida publica política, la democracia, se desmorona como una referencia de sentido individual y colectivo de los españoles. La democracia actual, un régimen tambaleante, no ilusiona ni entretiene, simplemente crea malestar, rabia y odio. He ahí la principal prueba de la muerte de la democracia en España.