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Cristales tintados

La contradicción entre el despliegue de poder para proteger a Gómez y su presentación como víctima indefensa se hizo visible cuando fue al juzgado.

La contradicción entre el despliegue de poder para proteger a Gómez y su presentación como víctima indefensa se hizo visible cuando fue al juzgado.
Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sale en coche del Juzgado de Instrucción número 41 de Madrid tras suspender el juez Juan Carlos Peinado, su comparecencia y citarla de nuevo para el próximo día 19. | EFE

El Gobierno tiene que aclarar cuál es su estrategia de defensa de Begoña Gómez, esposa de su presidente. En este caso en el que no hay caso, como tanto repite el Ejecutivo, una de las primeras y extraordinarias rarezas la encontramos en la figura del defensor, porque no hay uno, sino dos, y el segundo es mucho más poderoso. Gómez dispone de un abogado, que fue ministro y alto cargo de Gobiernos socialistas, así todo queda en casa, pero tiene claramente otro defensor, que es el Gobierno de su marido.

Desde el primer vagido de este caso que no es caso, el presidente y marido, igual que muchos de sus ministros, han asumido la defensa de Gómez de manera apasionada y vocinglera, defensa que incluye ataques a la integridad del juez que abrió las diligencias. El poder político, encarnado en el Gobierno nacional, ha dejado claro que es absolutamente contrario a este proceso judicial y que continuarlo sería un abierto desafío a su poder. Pero, al tiempo, he ahí la paradoja, insiste en que Gómez sufre una indefensión "gravísima".

La contradicción entre el despliegue de poder para proteger a Gómez y la presentación de Gómez como una víctima indefensa se hizo visible, y con descaro, el día en que tuvo que ir al juzgado. El espectacular dispositivo de fuerzas de seguridad, con unidades antidisturbios y unidades caninas, que se armó para proteger a Gómez de cámaras de prensa, miradas de curiosos o gritos de decena y media de manifestantes, es lo contrario de lo que hay que hacer si se quiere demostrar que la mujer de Sánchez está indefensa y desamparada como una niña pequeña.

Hasta ahora, en el caso que no es caso, el Gobierno ha optado por hacer demostraciones de poder, que no dejan de ser demostraciones intimidatorias, aunque esto reviente su discurso de la indefensión. Pero las dos cosas a la vez no pueden ser. ¿La quieren indefensa o sobreprotegida? ¿Sufre "gravísima indefensión" o disfruta de una protección de la que carece cualquier ciudadano en circunstancias parecidas? Más aún: de una protección que otras figuras de relevancia pública no tuvieron cuando les tocó ir al juzgado. Hasta la hija de Juan Carlos I, aunque llegó en coche, caminó a la vista de todos hasta la puerta. De Gómez, en cambio, no se vio nada. Entró y salió por el garaje en un coche de cristales tintados para que no quedara huella visual, para no sufrir, la indefensa, ni un segundo de pena de paseíllo o telediario.

Qué ocasión perdida para ejemplificar eso que tanto gusta decir de que la Justicia es igual para todos. Porque no se trata sólo de que sea igual para todos el proceso judicial. También en instantes de interés público, como la llegada al juzgado, el trato a una figura relevante debe ser, en lo posible, como el que recibe cualquier ciudadano. Y su conducta debe acercarse a la del común. La esposa del presidente del Gobierno no puede entrar clandestinamente en los juzgados sin que sufra el precepto constitucional, artículo 14, de que "los españoles son iguales ante la ley". La igualdad ante la ley no encaja con entradas clandestinas y cristales tintados. La igualdad se demuestra andando. Y así, andando, es como Gómez debe entrar.

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