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Todo es posible en Granada

El domingo el arte y el deporte, la élite y el vulgo, lo sublime inmortal y el entretenimiento banal se fusionaron en la ciudad paradójica.

El domingo el arte y el deporte, la élite y el vulgo, lo sublime inmortal y el entretenimiento banal se fusionaron en la ciudad paradójica.
SN

Quedaban cinco minutos para el final del partido y el marcador señalaba un empate en la pantalla gigante que se había instalado en el Palacio de Carlos V. Se mascaba el drama en el Festival de Música y Danza de Granada. No tanto porque pudiese ganar Inglaterra, sino porque el concierto de la Orquesta del Capitolio de Toulouse no comenzaría hasta que finalizase el partido. Casi eran las 11 de la noche y las obras de Wagner, Strauss y Bruckner, ¡la novena sinfonía!, esperaban en el banquillo junto al joven director de la orquesta, Tarmo Peltokoski.

Cuando finalmente marcó Oyarzabal, un jolgorio inaudito se apoderó del estadio, digo del palacio, un par de trompetistas de la orquesta francesa se arrancaron jubilosos a soplar sus instrumentos, seguramente en homenaje implícito a Napoleón y Villeneuve, pero, sobre todo, debió respirar aliviado Antonio Moral, el efervescente y sociable director hasta el domingo del Festival y responsable de haber tomado una decisión histórica como es la de retrasar un elitista concierto de música clásica por un vulgar partido de fútbol, por muy final de Eurocopa que fuese.

Tengo que confesar que yo no hubiera retrasado el concierto. Pero también que Moral se ha ganado a pulso algo de manga larga en la gestión del hasta ayer su Festival porque durante los años que ha estado al frente ha demostrado una pasión y un conocimiento de los entresijos de la música clásica que ha elevado el nivel del Festival hasta unas cotas difíciles de igualar. Grande y estentóreo, Moral se hace notar allá donde va. Con cabello y barbas blancas asemeja a un orondo y entusiasta Papá Noel repartiendo abrazos y sonrisas antes, después y casi durante los conciertos. Es un tipo que firma contratos en servilletas de restaurante tras una opípara cena y así no hay rutilante orquesta que se le resista ni endiosado intérprete que no rebajé su caché porque, al fin y al cabo, salas de conciertos hay muchas, pero no todos los días se tiene la suerte de resucitar a Mahler o Shostakovich entre las filigranas arábicas del Patio de los Arrayanes de la Alhambra o la rotundidad renacentista del Patio de los Toros del Carlos V.

Fueron 42 melómanos los que devolvieron sus entradas ante el retraso. Quizás indignados por la profanación del templo musical, ¡esto en Bayreuth no pasa!, o simplemente porque no hubiesen llegado despiertos al final del concierto (terminamos a la una de la madrugada y no hubo bises pese a los aplausos y bravos del público porque Peltokoski, el Carlos Alcaraz de las batutas si me perdonan la analogía deportiva ya que estamos, nos hizo un gesto de que se tenía que ir a dormir.

Mientras bajaba en moto de la colina de la Alhambra a la vega de Granada, con mi alma melómana reconciliada con mi espíritu populacho, fui sorteando a jóvenes entusiasmados que me toreaban con la bandera de España. Los olés y los vivaEspaña se fundían en mi mente con las cuatro últimas canciones de Strauss, una conmovedora despedida de la vida pero llena de vitalidad y jovialidad:

Lejana, calmada paz
tan profunda en el crepúsculo.
Qué cansados estamos del camino,

¿es esto quizás la muerte?

Y así, el arte y el deporte, la élite y el vulgo, lo sublime inmortal y el entretenimiento banal se fusionaban en la ciudad paradójica. ¿Es esto quizás la vida? Todo es posible en Granada.

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