
Escribo estas palabras en bañador, a unas horas de coger el tren de alta velocidad que, con permiso del ministro más hortera de la democracia, me llevará al reencuentro veraniego con mi familia. La ruidosa casa de Madrid, nuestro hogar, lleva una semana de días largos y silenciosos. Sin la benéfica vulgaridad de lo cotidiano manteniendo embridado mi precario orden mental, el breve ensayo de vida sin hijos que es mi julio me permite contemplar el espectáculo de persona que soy en solitario.
Con una orgía de tiempo libre me convierto en un intrépido héroe civil que se dedica a bucear en el histórico de un grupo de wassap donde me embarullaba hace años por política. He comprobado que por 2017 tuvimos la ocasión de comentar las posiciones "faminazis" de JD Vance. La conversación se integraba en un contexto más amplio, ya que por aquel entonces se intuía alguna relación entre su éxito editorial, los resultados contra el pronóstico oficial de 2016 (Trump y el Brexit) y el impulso social que había tomado en Europa y Occidente la nueva reacción conservadora.
En 2021, Vance se dejó barba, adelgazó levemente y escogió como su antagonista a las élites sin hijos que lideraban el activismo progresista de los demócratas. Se hizo aún más popular con propuestas divertidas y punkis como: "Demos votos a todos los niños de este país, pero demos el control de esos votos a los padres de esos niños".
Ganó su posición como Senador apelando a las certezas morales socialconservadoras, con visiones fuertes sobre la necesaria solidaridad con los vulnerables y la centralidad de los valores familiares. En el intercambio con sus rivales lanzaba preguntas, que si bien sonaban radicales, estaban basadas en criterios razonables y clásicos. No parece existir una lógica en que una comunidad en la que existe una mayoría social entregue el liderazgo de su conversación pública a aquellos participantes que a primera vista no parece que puedan exponer a su prole a las consecuencias de sus resoluciones.
Era comprensible que por aquel entonces las tesis de Vance sonaran arriesgadas a los intelectuales que quisieran progresar durante ese proceso de histeria intelectual colectiva que se practicó en nuestro patio nacional. Por aquel entonces rugía una marabunta de activistas sin hijos, sin pasado y sin memoria que le ponían actitud flamenca y juicio moral sumarísimo a todo lo que habían hecho antes los demás.
Los Nexus 6 supervivientes de aquel motín podemos recordar episodios luminosos como la descripción de Javier Marías como pollavieja, la juerga de abrirle la casa a una secuestradora de niños o lo de cancelar a guitarristas de rock por ligar con jóvenes en cada puerto.
Más de mil violadores en la calle después, y tras el daño ocasionado en nuestras chicas por los cientos de miles de horas de podcast de charla chatarra, tuvo que llegar la muerte civil del 8M para poder reconocer que el dictamen preceptivo que el Consejo General del Poder Judicial emite sobre una ley penal no es mansplaining.
Si la comunidad moral de la que formamos parte nos otorga el derecho a dialogar sobre la idea de bien común, o nos pregunta sobre el rumbo colectivo a tomar, es necesario que quienes participamos de la conversación compartamos de manera íntima el peso de la decisión y el coste de las obligaciones. No sé si fue Lladós o Aristóteles quien dijo algo parecido a que antes de hablar sobre los demás es necesario tener casa, hijos, curro y pareja estable.
Siete años después de aquella conversación, la frecuencia anecdótica (la única evidencia realmente existente en las ciencias sociales) me sigue susurrando que existe una correlación negativa entre acceso a estudios superiores, situación sentimental, número de hijos y comprensión profunda del dilema moral sobre la defensa militar de una frontera.
Siete años después y los faminazis tenemos en Vance un candidato a vicepresidente de la mayor democracia liberal del mundo. E incluso hay politólogos y sociólogos que se rinden a la evidencia contrastable de que la polarización sentimental influye de manera relevante en la radicalidad ideológica. Es verdad que lo hacen ahora que la simetría en la destrucción afectiva ya puede predecir el comportamiento electoral de los hombres jóvenes reaccionarios. Y no, como hasta hace bien poco, cuando sólo permitía predecir el de las mujeres solteras o el de las identidades políticas surgidas de las orientaciones sexuales no-hetero normativas.
Ese recuerdo contínuo del "Yo iba a ser y nunca fui" que representamos de manera cotidiana en las redes sociales nos permite observar el espectáculo de la llegada a la madurez de mi generación. Nos han caído a todos un carro de años. Y por mucho que la ideología de moda lo tratara de retrasar, la sucesión de dulces fracasos que es la vida y la cordillera de dolor observable en los sucesos biográficos universales (soledad, cuidado, enfermedad y muerte) van a seguir disciplinándonos hacia la moderación intelectual de Sancho, que es la actitud personal más razonable ante la ínsula barataria y colectiva.
Quizás ese sea mi compromiso con el pobre Yorick, y el que haga que le merezca la pena al lector. Que lo que yo escriba lo firme sin otra condición que la de padre de Carmen, Manel y Adrià. Y que sea en el último sábado de julio, si todo va bien y yo no vuelvo a retrasarme, cuando ustedes me estén viendo a través de este texto en principio escrito durante un jueves de viaje. Espero ser publicado también el sábado siguiente, con alguna pequeña historia o fábula moral que haya recogido a lo largo de la semana. Intentaré que el texto refleje al final alguna buena idea seguramente robada. Trataré de no sonar demasiado cursi, pero no prometo nada.
En cualquier caso, por vanidad le agradecería que al final del texto apague el móvil. Y que reflexione sobre el punto de vista universal y concreto que permiten las formas de una familia. Hace veinte años que mi verano comienza al ver con mi mujer el mar desde Altafulla. Ahora empieza a anochecer y queda poco para que el tren llegue con retraso a la estación de destino. Se lo cuento porque me dedico en lo profesional a la producción de elementos innecesarios para la vida. Y he aprendido con los años a respetar el tiempo y el espacio que paso con la mía. Durante la cena, gracias a los cotilleos de Lucía, me he enterado que el maño y la maña, nuestros vecinos, son los padres de Kase.O.
Los lugares desde los que opinar son un nido en un árbol ajeno al que llegas subido en la confianza que te otorgan los demás. Por eso agradecer y respetar a quien se abre al sacrificio último: leer lo que has pensado durante un viaje en tren como si tuvieras algo interesante que decir sobre tu vida.
Si es la vida real la que determina nuestra conciencia, que tengamos o no descendencia afecta a criterios básicos de interpretación de la realidad. Se verán modificados debates civiles, sobre el respeto a la autonomía de los demás para escoger su propia manera de equivocarse o la configuración del perímetro de solidaridad del nosotros. También cuestiones más cotidianas: como si las pensiones deben cubrirse con endeudamiento, las condiciones de seguridad y convivencia de un barrio, la perspectiva existencial que le otorgamos a los carriles bici o nuestra capacidad para empatizar con el dolor expresado por los hombres jóvenes que no compartan nuestra opción de voto.
Tener hijos te hace conservador. Estar solo te vuelca en la neurosis de la ideología. El axioma, que comparto con Vance, es que todo ensayo de respuesta en la cuestión moral, en la que queramos profundizar más allá de la pretensión tecnológica o metafísica, será ejecutada de manera más compleja, matizada y elegante, si asentamos la plataforma de observación del bien en nuestra dimensión de padres.
Arrimando el ascua a mi sardina diré que la boda gitana que hemos montado con la revolución cultural feminista los últimos años en la política española se hubiera gestionado de manera más eficaz por padres señoros pollaviejas. Y que a nuestro país le hubiera ido mejor si en vez de enumerar mujeres en fotos, nos hubiéramos puesto a descifrar el declive en la cifra global de madres o a contar el número de hijos por mujer universitaria española. Tocan a 0,86, por no dejarles con la duda.
En la parábola del hijo pródigo se explica que a los padres, en horizonte de posibilidad, se nos permite pensar mejor y alcanzar una respuesta más adecuada sobre los dilemas que afectan a los demás. Si es que se preguntan por las conclusiones que por pasivanse deducen de ese postulado, pueden observar la calidad de una conversación pública cuando está por una élite mayoritaria de hijos. Sin estabilidad sentimental y afectiva, es decir sin personas matizadas por una experiencia trascendente como el hogar, los cuidados, el perdón o la paternidad, por necesidad todo deviene en una conversación neuróticamente revolucionaria. Una en la que los intercambios públicos son abrasivos e irrespetuosos y la elección de palabras está dominada por el chirrido adolescente y atorrante del que aún piensa que la vida va de algo tan cargante como tener razón.