
Es lógico que todos nos horroricemos cuando pensamos en niños trabajando. Pocas cosas más indignantes que aquellas escenas dickensianas de los menores en las fábricas de la revolución industrial o su versión moderna de las empresas en Asia, que han provocado hasta boicots a determinadas marcas y una autorregulación muy seria de la mayoría de ellas, que al menos en público aseguran que no sólo no usan mano de obra infantil, sino que tampoco trabajan con proveedores que la usen.
Sin embargo, por arte de una extraña magia, si ese menor en lugar de estar en una factoría haciendo vaqueros está en una instalación deportiva se nos pasa la indignación al instante. Y ya si es en unos Juegos Olímpicos contemplamos la escena arrobados y se nos cae la baba como si estuviésemos viendo a un bebé dando los primeros pasos.
En una búsqueda rápida en Google he encontrado bastantes deportistas menores de edad –alguno ni siquiera adolescente– que participan en estos JJOO. La más joven es Zheng Haohao, una deportista china de sólo 11 años que competirá en skateboard. Aún más llamativo es el caso de Quan Hongchan, que con sólo 17 afronta sus segundos Juegos y en Tokio 2020 –que se celebraron en 2021 por la pandemia–, ganó un oro en saltos de trampolín con sólo 14 primaveras. Según la información que encuentro en la red, a día de hoy mide 1,43 metros y, este dato sólo lo veo de rebote en una página cerrada, pesa 35 kilos. Parece todo muy saludable.
Hay bastantes más ejemplos de deportistas con 16 años o menos que están en París, pero estos dos me parecen especialmente significativos porque proceden de un país en el que las medallas olímpicas son una cuestión política y la política está muy por encima de cualquier otra consideración, especialmente de las personas. Así que imaginen lo que pueden ser las vida de estos deportistas con éxito y, todavía más, las de aquellos que ni siquiera logren medallas y fama, pero se vean sometidos a sacrificios similares en su más tierna infancia y castiguen sus cuerpos en pleno crecimiento y desarrollo con la dureza que exige la alta competición.
Supongo que ustedes me dirán que lo mismo pasa en otros lugares con deportistas que alcanzan la élite muy pronto. Por ejemplo en España con nuestro Rafa Nadal, que era uno de los mejores del mundo con 19 años o con el no menos nuestro Lamine Yamal, que está ya en lo más alto del fútbol mundial y acaba de cumplir los 17.
Sí, pero no: para empezar porque no viven en una dictadura totalitaria que toma las decisiones por ellos y sus familias y es capaz de vampirizar sus vidas y exprimirles por consideraciones que poco tienen que ver con el deporte o su bienestar; y para seguir porque tanto a Nadal como a Yamal sólo llegar a la élite del deporte les ha supuesto una recompensa económica que les permitirá vivir cómodamente el resto de sus vidas, cosa que no ocurre con un saltador de trampolín o un skateboarder. Es decir, el innegable sacrificio que ha hecho nuestro gran tenista en su juventud, por ejemplo, ha sido a cambio no sólo de fama y gloria, sino también de ser muy rico el resto de su vida, ni más ni menos.
Y lo mismo podemos decir del futbolista de origen marroquí, con una pequeña salvedad: encima en el caso del fútbol ni siquiera hay el mismo nivel de esfuerzo y casi tortura física que tienen que soportar un tenista, un gimnasta o un nadador, por poner sólo unos ejemplos, para estar en la élite.
Sin embargo, la trampa de los Juegos Olímpicos es que ofrecen a muchos practicantes de deportes minoritarios la tentación de una gloria y una fama que en realidad sólo son un chispazo: unos días cada cuatro años para los que se les exige un precio abrumador. Un éxito sobre el que es casi imposible construir nada y que el resto de tu vida será poco más de un recuerdo y, en el caso de estos atletas tan jóvenes, una infancia, una juventud y una formación para la edad adulta sacrificadas prácticamente a cambio de nada.
Y no se trata sólo de los problemas físicos que suele acarrear practicar un deporte al nivel de la élite, que les aseguro que es cualquier cosa menos sano –y si no comparen las veces que pasa por el quirófano un deportista y las que pasa un ciudadano normal–, sino también la brutal exigencia mental que la alta competición requiere, ya sea para gestionar el éxito ya para asumir los fracasos. Algo por lo que, por supuesto, no debería hacerse pasar a un niño.
¿Podría todo esto evitarse? Por supuesto: bastaría con marcar una edad mínima para competir en los Juegos y, a ser posible, que esta implicase que no fuese necesario que el entrenamiento de élite empezase antes de la adolescencia. Sin embargo, el COI no parece muy dispuesto a hacerlo y, excepto en algunos deportes o pruebas concretos como la maratón, deja el asunto en manos de las federaciones nacionales. El Comité Olímpico Español, por ejemplo, fija el mínimo en 14 años. Todos unos protectores de la infancia, los tíos.
Los que me lean desde hace años ya sabrán que no soy especialmente amigo de los Juegos Olímpicos, que me parece que tienen una historia absolutamente inmoral y corrupta y que está claro que han hecho mucho más por las dictaduras y el terror que por la fraternidad universal que tanto presumen de estar promoviendo.
Quizá, no obstante, lo peor sea esta forma tan descarada de explotación infantil ante la que, sorprendentemente, nadie dice nada. O quizá no sea tan sorprendente, al fin y al cabo vivimos en un país en el que está prohibido publicar una fotografía de un niño, pero en el que se permite sacar a unos cuantos y explotarlos impúdicamente en un concurso televisivo supuestamente culinario.
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