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El Sena se volvió a teñir de rojo

El bulo por antonomasia en la enseñanza de la historia es que 1789 haya conseguido opacar a 1776.

El bulo por antonomasia en la enseñanza de la historia es que 1789 haya conseguido opacar a 1776.
Archivo.

La ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de París pasará a la historia por ser la más grotesca, aburrida y peor realizada. También por haber sido la más politizada, aberrante y antiolímpica de la historia. El espíritu de los Juegos Olímpicos en Grecia implicaba que la política se dejaba a un lado e incluso "tirios y troyanos" hacían las paces para celebrar la competición deportiva. Todo eso ha sido traicionado por Thomas Jolly, el director de escena posmoderno al que Macron encargó el proyecto, habiendo supervisado el presidente personalmente el guion. Esta semana vi en el Teatro Real una versión de Madama Butterfly en la que otro director de escena "vanguardista" casi se carga la ópera de Puccini enfundando a la protagonista en una camiseta de "Hello Kitty". Estamos sufriendo una plaga de activistas políticos en las artes que está destruyendo la ópera, el teatro y el cine europeos con sus ocurrencias, banalidades y mantras políticamente correctos. Son tan ignorantes como sectarios. Pero, eso sí, con grandeur y premiados por la casta política que los usa como manoseaba el Pravda el camarada Stalin contra Shostakovich.

En una ceremonia de inauguración de unos Juegos Olímpicos tienen que ser protagonistas los deportistas y actuaciones que recojan el espíritu del olimpismo: la competición más feroz y radical dentro de las reglas del juego más limpias y corteses. Solo hay una medalla de oro, por lo que el atleta de bronce suele estar más feliz con su tercer metal que el ganador de la plata. Todo esto lo ha olvidado Jolly para convertir la inauguración en un vodevil narcisista, a mayor gloria de la ideología "woke" que profesa y el habitual chauvinismo galo, incapaz de dejar de mirarse el ombligo revolucionario y anticlerical. Lo que se escenificó en el Sena fue la demagogia pseudofilosófica francesa, que convierte las ideas en ídolos y los hombres en ofrendas, todos ellos sacrificados en el altar de un engaño intelectual envuelto en florituras de chiflados. Macron y Jolly han imitado, salvando las distancias, a Hitler cuando instrumentalizó el deporte y manipuló a los deportistas para ponerlos al servicio de conceptos políticos en Berlín 1936.

Si la izquierda tiene el dogma de que lo personal es político, no podía ser menos que lo olímpico también degenerase en política. Sectaria, se entiende. Un futbolista francés usa la tribuna que le da su selección para pedir el voto contra un partido de derechas, pero unos futbolistas españoles no pueden cantar durante una celebración "Gibraltar, español". Sin salirnos de Francia, Jolly y Macron han aprovechado que el Sena pasa por París para ofender a los católicos y cantar las excelencias asesinas de la extrema izquierda durante una Revolución que constituyó el reverso tenebroso, por sanguinario, de la anterior norteamericana. El bulo por antonomasia en la enseñanza de la historia es que 1789 haya conseguido opacar a 1776.

En mis batallas laicas junto a la izquierda supe que no estaban a favor del laicismo, sino en contra del cristianismo. Los izquierdistas denigran al cristianismo y callan ante el Islam, mientras desatan una ola antisemita, porque la civilización occidental es judeocristiana. Cuando Buñuel hizo su versión de la Última Cena en Viridiana lo hizo como un homenaje de arte conceptual, un desafío que le podía costar caro. El arte buñuelesco ha sido sustituido en París por la farsa macroniana. El concepto por la ocurrencia. El genio por el fantoche. En los Simpson, en los Soprano... han recreado la pintura de Leonardo. ¿Cuál es la diferencia? El contexto y la intención: Francia es un país inmerso en una guerra religiosa con asesinos en nombre del Islam contra los que defienden los valores liberales republicanos (entre los que hay también musulmanes, véase las mujeres islámicas que se atreven a denunciar la tiranía del velo contra las feministas de izquierdas que sí se los ponen ante los ayatolás).

Después de haber sugerido que no pasaba nada por usar la Última Cena, ya que había sido referente en películas y series, la izquierda ha tratado de librarse de la vergüenza argumentando que, en realidad, Jolly hacía referencia a otra pintura de tema pagano. Que es como si hubiera plantado en mitad del escenario una esvástica, pero hubiese defendido que en la cultura hindú significa paz y amor. Con dicha excusa, Jolly no solo no ha arreglado su ofensa a los cristianos sino, por lo que me toca en lo apolíneo, ha insultado a los paganos con lo que sería una decadente deconstrucción queer de la riqueza del mundo griego. Jolly representa a la perfección la diferencia entre ser listo y pasarse de listo.

Tras diez años de la matanza islamista en París contra el semanario izquierdista Charlie Hebdo, habría sido una muestra de valor personal y coraje cívico, puestos a politizar, que la pareja Jolly-Macron hubiesen homenajeado a los humoristas que osaron criticar a los fundamentalistas islámicos. Con más razón cuando los protagonistas de la performance han sido activistas trans que pueden reivindicar sus derechos en el Occidente judeocristiano, pero son colgados de grúas en los países islamistas. Los que recogen el testigo de la originaria Revolución francesa y de la Declaración de los Derechos del Hombre son Houellebecq y Finkielkraut, los satíricos de Charlie Hebdo, no Jolly y Macron, funcionarios de las musas, parásitos del olimpismo.

La referencia blasfema a la Última Cena, con todo, me parece menos grave que la apología del asesinato político que se han permitido Jolly y Macron a propósito de la visión de María Antonieta decapitada. Aquello fue un linchamiento, no un tiranicidio. Nos podemos imaginar a los herederos de Robespierre y Saint Just en el partido de Mélenchon babeando ante la posibilidad de volver a decapitar a sus enemigos políticos. Por cierto, incluso el líder de la extrema izquierda ha protestado por la ofensa realizada a los cristianos.

Ya no decapitan porque los hemos domesticado, no porque no lo deseen secretamente. Pero no hay que olvidar que la capa de la domesticación es fina y frágil, por lo que se puede resquebrajar en cualquier momento. El presidente francés no es ningún ignorante, tesis sobre Hegel mediante, y debería saber que a él también lo habrían subido al cadalso. Como hicieron con la liberal Olympe de Gouges, también decapitada, aunque Jolly ocultó este hecho ya que no le interesa a su agenda "woke". Macron tuiteó tras la espantosa ceremonia "Esto es Francia". Efectivamente, esa es hoy Francia, un cadáver putrefacto en el que la liberté está amenazada, la egalité es un espejismo y la fraternité se ha disuelto en el ácido de la dogmática progre de la DEI (diversidad, equidad, inclusión) a mayor gloria del wokismo que los ha colonizado y los está destruyendo desde la raíz. Pero, afortunadamente, nos quedan los deportistas, de Biles a Nadal, que representan lo mejor del deporte –más alto, más fuerte, más rápido–, y que encarnan la verdadera diversidad, equidad e inclusión: la del talento, no la de la raza, la orientación sexual o la religión. El olimpismo ha muerto, ¡vivan las Olimpiadas!

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